lunes, 9 de mayo de 2011

ESPERANZA EN TIEMPOS OSCUROS

Esperanza en tiempos oscuros

Cientos de voluntarios atienden en León, Valladolid, Salamanca y Burgos el Teléfono de la Esperanza, una ONG de escucha activa que ayuda a miles d

"Hola, mi nombre es lo de menos, acabo de tomarme un bote de pastillas. Mi novia me ha dejado y no le encuentro sentido a la vida, prefiero morir”. Recibir una llamada y escuchar tal confesión al otro lado del auricular supone, sin duda, la peor situación a la que alguien puede enfrentarse si dedica su tiempo a ayudar a otros desde el Teléfono de la Esperanza. Lo advierte José Ramón Campos, uno de sus fundadores en Salamanca. Se supone que, quienes escuchan, han de estar preparados para situaciones así “pero un intento de suicidio no deja de ser el momento más temido para un voluntario”.
Aquella historia terminó con final feliz. El joven, que poco a poco iba perdiendo la consciencia, no llegó a soltar el teléfono en ningún momento. La perseverancia del voluntario por aferrarle a la vida dio sus frutos. Los servicios de emergencia llegaron a tiempo. La mayoría de llamadas no son tan dramáticas pero conviene estar preparado.
La crisis ha agudizado las dificultades. “Si no tienes trabajo, el resto de problemas se agravan”, aclara José Ramón consciente de la angustia por la que pasan muchas personas. Sólo algunos, ya al límite, intentan charlar con alguien para desahogarse. En los dos primeros meses de 2011, el Teléfono de la Esperanza de Salamanca sonó en casi 500 ocasiones, una cifra algo por debajo de la media ya que en 2010, fueron atendidas más de 8.000 llamadas a lo largo de las 8.560 horas del año. Porque esta línea de ayuda jamás comunica y nunca descansa.
El protocolo es sencillo. Si una persona llama cuando se está atendiendo a otra, la llamada salta automáticamente a los teléfonos de otras provincias que estén disponibles y en los que se ofrece el mismo servicio que en Salamanca. Pronto, Zamora contará con su propia sede y empezará a ofrecer similar atención telefónica que la de la capital del Tormes, León, Valladolid o Burgos.
Cada comunicación deber durar, como máximo, 45 minutos “porque se entiende que a partir de ese instante, ni quien llama aporta nada nuevo ni tú le puedes ayudar más”. Lo habitual, sin embargo, es que no superen los 15 ó 20 minutos aunque hay excepciones como los intentos de quitarse la vida. Pero se dan todo tipo de casos. La nota común, tanto en Salamanca, como en el resto de provincias en las que se ofrece el servicio, es la prevalencia femenina.
Entre el 70 y el 80 por ciento de las llamadas tienen a una mujer al otro lado y, en la mayoría de los casos, realizan consultas relacionadas con la soledad o la incomunicación, “lo cual no quiere decir que estas personas vivan solas”, explica Elvira Blasco, al pie del cañón en Valladolid, donde lleva 20 años escuchando desde el anonimato. “Saber que está garantizado da mucha tranquilidad a la persona que llama”, revela. Además, y aunque los orígenes del servicio remiten a la orden de San Juan de Dios a la que pertenecía Serafín Madrid, el impulsor de la idea, hoy en día el Teléfono de la Esperanza es apolítico y aconfesional. Quizá por eso, más de 4.500 personas se animaron a comunicarse con la ONG en Valladolid a lo largo de 2010.
El corazón encogido
Tras varios años de experiencia, los voluntarios, una media de entre 40 y 50 tanto en León como en Valladolid y Salamanca, son conscientes de que el mundo afectivo “trae muchos problemas”. Y escucharlos prácticamente cada día no debe resultar fácil. Para poder afrontarlo sin volver a casa con el corazón en un puño, realizan un largo periplo formativo del que, al final, surgen los más capacitados para enfrentarse, “con la distancia necesaria”, a la realidad latente que destapa cada día el servicio.
José Ramón reconoce que hay casos que impactan. Aún recuerda la llamada de una mujer a la que acababan de violar además de guardar es su memoria la minuciosa descripción que hacen algunas personas de lo que sienten y están padeciendo. Ante eso no queda otro remedio que aplicar las técnicas aprendidas “aunque la gratitud final de quien llama por haberle escuchado reconforta bastante”. Y es que el Teléfono de la Esperanza, asegura José Ramón, “desangustia” a la gente que llama para desahogarse y escuchar sugerencias sobre cómo se podría replantear el problema que padecen aunque, eso sí, los voluntarios jamás aconsejan “porque la decisión última es de la persona”. “Sugerimos, pero no solucionamos la vida de nadie”, precisa José Ramón quien en sus años como voluntarios, al igual que Elvira, también ha tenido que enfrentarse a casos de violencia doméstica o a problemas de adicciones al alcohol o las drogas. Cuando se percibe que la llamada es de una persona ‘enganchada’ reclamando ayuda, se le deriva hacia un especialista. Esa es la gran revolución del último cuarto de siglo, reconoce Elvira dado que, cuando el Teléfono de la Esperanza inició su andadura en la Comunidad, “había muchas menos líneas de ayuda”. Por entonces, los voluntarios, además de parar el primer golpe, también debían tener alma de especialista.
En Valladolid, cuenta, ha notado un cambio en los últimos años derivado de la inmigración. Cada vez son más los nacidos fuera de España y que viven entre nosotros, los que buscan ayuda marcando el número ante los problemas de una vida nada fácil en un país extranjero y más en un contexto de crisis, que ha desempolvado problemas que hacía tiempo que no se escuchaban. La elevada tasa de paro está causando estragos.
Los problemas religiosos y psiquiátricos también ocupan gran parte de las llamadas. De hecho, en provincias como León, las complicaciones derivadas de una enfermedad mental supusieron en 2010 el 45 por ciento de las 1.358 recibidas en 2010, el tercer año de actividad desde que se pusieron en marcha.
Llamadores crónicos
Habitualmente, explica José Ramón, la gente es consciente del lugar al que llama en busca de orientación pero también hay personas que se dirigen al Teléfono de la Esperanza “con necesidad de hablar de banalidades”. Pensando en quienes realmente necesitan que la línea esté libre, en esos casos “se les dice que no es el sitio”. Sin embargo es no sucede con las llamadas que delatan perfiles obsesivos.
Todos los voluntarios saben, cuando se sientan a esperar a que el teléfono suene, que existe en cada ciudad un grupo integrado por aquellos a los que se considera “llamadores crónicos”. Son, revela José Ramón, “enfermos mentales a los que hay que escuchar”. En Salamanca, incluso, cuentan con una lista con los teléfonos habituales y todos coinciden en una cosa. “Se trata de personas con problemas que son muy directos y nunca ocultan nada”. Tanta transparencia llama la atención.
En la destreza de cada voluntario reside la habilidad para encontrar rápidamente el origen del mal de quien recurre al Teléfono. “Somos como el torero que lleva al toro”, describe Fe, voluntaria del Teléfono salmantino, mientras que José Ramón aclara que, en muchas ocasiones, los comunicantes “llaman por una cosa y, charlando, te das cuenta de que el problema es otro”.
Él, como el resto de voluntarios, también se ha topado en numerosas ocasiones con personas que “se ponen el escudo” para contar su problema. Hablan de su hermana o de un amigo intentando disfrazar un drama personal que, eso sí, “normalmente termina por no taparse porque las emociones entran por el oído y el del Teléfono de la Esperanza es un oído anónimo capaz de generar un espacio de mucha confianza”.
Actividades paralelas
El lado más desenfado del servicio es el de aquellos que, tras abrir su corazón al voluntario que escucha al otro lado, terminan por enfadarse con él al comprobar que no se les da consejo alguno ni se les replican sus conductas, en ocasiones claramente reprobables. En ese mismo ámbito relajado también se pueden encuadrar las reuniones de autoayuda que, cada 15 días, realizan en la sede de cada Teléfono grupos de personas que, como los que participan en la iniciativa denominada ‘Entre Amigos’, acaban forjando lazos que, en ocasiones, van más allá del propio local de la ONG hasta el punto de que, incluso, han llegado a surgir parejas. Nadie mejor que ellos para entender los problemas de un semejante.
Esas dificultades suelen hacerse más visibles por las noches. José Ramón las califica de “difíciles” porque a partir de las once comienza la actividad y se prolonga, a veces de forma ininterrumpida, durante varias horas. Pese a todo, asegura su compañera Fe, “el día en que hay pocas llamadas se echa de menos porque nuestra vocación es la de ayudar y esto es un servicio a la sociedad que, además, enriquece”.
Para combatir las dificultades e intentar prevenirlas, cada Teléfono realiza sus propios seminarios y actividades que, a la vez, sirven para ir financiándose y ofreciendo formación permanente a los voluntarios. En León, por ejemplo, prefieren evadirse realizando rutas de senderismo como la que hace unos días les llevó a Valdepiélago. Pero en la ciudad leonesa van un paso más allá. Un blog (telefonodelaesperanzaenleonblogspot.com) les sirve de nexo de unión. Las nuevas tecnologías ayudan a estrechar lazos, algo que también saben en Burgos, cuyo servicio telefónico es un tanto diferente al del resto de ciudades donde ya funciona en la Comunidad.
En servicio desde 1972, año del fallecimiento de Serafín Madrid, no pertenece a la red general de Teléfonos de la Esperanza de España, Latinoamérica y Gran Bretaña dado que, por su longevidad, la mayor de Castilla y León, dispone de fuentes de financiación diferentes a los demás. De ahí que el servicio también difiera tanto en lo relativo a las horas de atención (de 10 a 14 y de 17 a 21 horas aunque dispone de un contestador automático para garantizar la atención continua) como en la especificidad de algunos de los servicios que ofrece caso, por ejemplo, de la línea telefónica destinada a niños y jóvenes que en 2010 recibió más de 2.600 llamadas. A ellas hay que sumar las más de 4.000 del Teléfono general. El mayor porcentaje, reconocen, relacionadas con problemas derivados de la falta de trabajo.
En su afán innovador, sendos perfiles en las redes sociales Facebook y Tuenti han logrado destapar numerosas dificultades que, de otra manera, posiblemente no hubiesen aflorado. Son, en su mayoría, personas jóvenes las que buscan consuelo a través de esa vía; un Teléfono de la Esperanza 2.0 en el que poder descargar las preocupaciones garantizando la invisibilidad pero asegurándose la ayuda de alguien que está al otro lado.
Si el comunicante está dispuesto y su problema al alcance de la organización, existe la posibilidad de acercarse hasta la sede para que un profesional, también voluntario del servicio, pueda ayudar a sobrellevar esos obstáculos cotidianos que, día tras día, van minando la moral hasta complicarnos la existencia de un modo tal que pareciera que no hay vuelta atrás. Pero la hay. La realidad del Teléfono de la Esperanza se ha encargado de demostrarlo.

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