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jueves, 5 de agosto de 2010

E S C U C H A R L O Q U E N O S E O Y E

Un discípulo,antes de ser reconocido como tal por su maestro,fue enviado a la montaña para aprender a escuchar la naturaleza.
        Al cabo de un tiempo,volvió para dar cuenta al maestro de lo que había percibido.
           - He oido el piar de los pájaros,el aullido del perro,el ruido del trueno...
           - No - le dijo el maestro -,vuelve otra vez a la montaña.Aún no estás preparado.
       Por segunda vez dio cuenta al maestro de lo que había percibido.
           - He oído el rumor de las hojas al ser mecidas por el viento,el cantar del agua en el río,el lamento de una cría sola en el nido...
           - No - le dijo de nuevo el maestro - , aún no. Vuelve de nuevo a la naturaleza y escúchala.
       Por fín, un día...
           - He oído el bullir de la vida que irradiaba del sol,el quejido de las hojas al ser holladas,el latido de la savia que ascendía por el tallo,el temblor de los pétalos al abrirse acariciados por la luz...
           - Ahora sí.Ven,porque has escuchado lo que no se oye.

Enviado por Kuentero

miércoles, 21 de julio de 2010

E L S U E Ñ O

 Una vez,en el lugar más hermoso del Universo,vivía un niño llamado Sueño,el cual anhelaba crecer y conocer otros mundos.
          Sueño se entretenía por allá arriba,por las nubes.jugando y jugando todo el día.
          Un día ,Sueño se dio cuenta de que  él no crecía como crecían sus amigos:además,empezó a sentirse muy débil y,poco a poco,perdió sus ganas de jugar.
          De pronto,llegó un mensajero que llevaba consigo un maletín muy especial,el cual contenía alimentos para fortalecer y hacer crecer a Sueño.
          Desde el mismo instante en que aquel mensajero llegó,Sueño empezó a sentirse mejor y mejor,ya que cada día aquel mensajero lo alimentaba con aquellos manjares.
          Muchos caldos de constancia con fuerza,platos muy nutritivos de voluntad y trabajo,postres hechos a base de paciencia,fantásticos jugos hechos con decisión...y,lo más importante,tratándolo con mucha confianza.
          Sueño creció y creció y llegó a dejar de ser Sueño para convertirse en Meta,y claro que siguió jugando,pero no ya por las nubes,sino aquí en la tierra,conociendo cada vez más mundos,como la felicidad y la satisfacción.Y un buen día Meta dejó de ser Meta y se transformó en Realidad

Kuentero

miércoles, 14 de julio de 2010

LOS TRES FILTROS.

  Se cuenta que el discipulo de un sabio filósofo llegó a casa y le dijo:
     -  Querido maestro,se dice que un amigo tuyo ha estado hablando mal de tí.
     -  ¡ Espera! - lo interrumpió el filósofo - .¿Has hecho pasar por los tres filtros lo que ahora me vas a explicar?
     -  ¿Los tres filtros? - dijo el discípulo.
     -   Sí.El primer filtro es la verdad.¿Estás seguro de que lo que me vas a decir es absolutamente cierto?
     -   Bien,no lo sé directamente.Me lo han dicho unos vecinos.
     -   Por lo menos - dijo el sabio -,lo habrás pasado por el segundo filtro que es la bondad. A ver,¿esto que me vas a
         decir es bueno para alguien?
     -   No, realmente,no.Más bien al contrario.
     -   Ah,...entonces miremos el último filtro.El último filtro es la necesidad,¿crees que es realmente necesario hacerme
        saber esto que tanto te inquieta?.
     -   De hecho,no.
     -   Entonces -dijo el sabio sonriente- si no es ni verdad,ni es bueno ni es necesario,mejor lo enterramos en el olvido.

Enviado Por Kuentero

jueves, 1 de julio de 2010

UNA COMPETICIÓN DE SAPOS

El objetivo era llegar a lo alto de una gran torre.
      Había en el lugar una enorme multitud de gente dispuesta a vibrar  y gritar por ellos.
      Comenzó la competición.
      Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre,lo que más se escuchaba era:
      - ¡ Qué pena ! Esos sapos no lo van a conseguir,no lo van a conseguir......
      Los sapitos comenzaron a desistir.
      Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.
      La multitud seguía gritando:
      - ¡ Qué pena, no lo van a conseguir!
      Y los sapitos estaban ya dándose por vencidos....salvo aquel sapito,que curiosamente,en contra de todos,seguía y pudo llegar a la cima con todo su esfuerzo.
      Los  otros querían saber qué le había pasado.
      Un sapito fue a preguntarle cómo había  conseguido concluir la prueba.
      Y descubrieron que...¡ era sordo !

Kuentero.

jueves, 3 de junio de 2010

EL PODER DE LA PALABRA

 Un sultán soñó que había perdido todos sus dientes.Después de despertar,mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.
     - ¡ Qué desgracia,Mi Señor! - dijo el sabio -.Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
     - ¡ Qué insolencia ! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí ! ¡Castigadle ! - gritó el Sultán enfurecido.
       Más tarde el Sultán consultó a otro sabio y le contó lo que había soñado.Ëste,después de escuchar al Sultán con atención,le dijo:
     - ¡ Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada.El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes.
       El semblante del Sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que dieran cien monedas de oro al sabio. Cuando éste salía del Palacio,uno de los cortesanos le dijo admirado:
     - ¡ No es posible ! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que la del primer sabio. No entiendo por qué al primero se le pagó con un castigo y a tí con cien monedas de oro.
       El segundo sabio respondió:
     - Amigo mío,todo depende de la forma en que se dice.Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse.De la comunicación depende,muchas veces,la felicidad o la desgracia,la paz o la guerra.La verdad puede compararse con una piedra preciosa.Si la lanzamos contra el rostro de alguien puede herir,pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura,ciertamente será aceptada con agrado.

Enviado por Kuentero

sábado, 29 de mayo de 2010

Una soledad no deseada

Desde niña se sintió viviendo en una soledad no deseada. Una tarde de invierno, aún sin plumas y con unas alas débiles, le dijeron sus padres: “anda a volar, nosotros tenemos que irnos; te quedas con la abuela”. Aquella noche lloró hasta la madrugada intentando lanzar pequeños vuelos sin conseguirlo. Una y otra vez se estrellaba contra su propia debilidad, su propio vacío e impotencia.

Junto a la soledad sintió frío y unos deseos imposibles de amarrarse al pecho de su madre, pero su madre ya estaba muy lejos, emprendiendo otra aventura nada fácil y sin dejar de pensar en su niña y en si se destaparía por las noches.

A golpe de lágrimas, Maca, así se llamaba la niña, se fue haciendo callo. Se hizo reservada, introvertida, tratando de encontrar en su mundo interior lo que el exterior le negaba. Buscó el calor dentro su nido para poder volar como vuelan las gaviotas, como dicen los libros que volaba Juan Salvador Gaviota. Porque solo el calor hace crecer las alas y fortalece las plumas del alma. A ella le faltaron besos, abrazos, caricias, atenciones, miradas, detalles, seguridades.

A Maca le faltó lo esencial, que diría el Principito. El corazón no le crecía con los años y se vio así misma como un pajarito abandonado, como una nube a la que le han quitado el cielo o un peluche tirado en el fondo del baúl.

Las enaguas de la abuela no lograban quitarle el desgarro de su débil corazón. Con el tiempo, aprendió a jugar sola, a sentir sola, a sufrir sola, sobre todo a sufrir sola. Lo que más le gustaba era esconderse en su cuarto y jugar a soñar con las muñecas de trapo que ella misma imaginaba. En ese mundo de fantasías y de sueños, Maca era feliz. Imaginaba que un día un Príncipe encantado la rescataría de su inhóspito castillo y la amaría como las películas dicen que los amantes aman a sus amadas. Y esos sueños le hacían bien. La relajaban. La ilusionaban. La conmovían. Eran los únicos momentos en que sus ojos tomaban el brillo prestado por su imaginación.

Cuando a los siete años la metieron interna en aquel colegio de monjas, ella ya no dijo nada. Lo más duro había pasado. Lo más cruel, pero todavía quedaba mucho sufrimiento por venir.

Lo mejor del colegio fueron sus dos amigas: Pilu y Mari. Pero había una parte de ella que ocultaba, que no quería rebelar. Cuando hablaban de los padres ella siempre se callaba. Le gustaba más hablar del futuro. Le gustaba escribir en sus cuartillas en sucio la palabra “mañana”, bajo ese deseo de que las cosas un día – mañana -le fueran mejor, sobre todo que ella se sintiera mejor.

En la soledad del dormitorio compartido llamaba a su madre cuando se sentía apenada, pero su madre jamás tuvo oídos para su voz, jamás limpió una lágrima de sus ojos. Ella entonces con once años se quería morir. Cerrar los ojos, como en los cuentos de hadas, y morirse. Desaparecer. “¿Por qué la habían traído a este mundo a sufrir?. ¿Quién le pidió permiso?”.
Cada domingo envidiaba a su amiga Mari cuando sus padres la venían a buscar al internado, le compraban chuches y la despedían con ternuras que ya quisiera ella para sí.

Maca era inteligente y estudiosa y con una mirada para adentro dulce y profunda como las bodegas que dentro albergan el mejor vino en barricas de roble. Le gustaba la poesía y esbozar pequeños versos que enseguida rompía por miedo a que alguien se los pillara y se echaran a reír, porque ella era tímida y pudorosa. ¡Qué vergüenza pasó cuando le quitaron el diario y se le leyeron!. Golpeó cien veces el suelo maldiciendo a las profanadoras de sagrarios del alma.

Un día de primavera se sentó en el parque viendo brotar las yemas de un castaño y pasó por allí un chico, algo despistado, que sin saber cómo se fijó en ella y le dijo:

-    ¡Damos un paseo!, era el primer chico que le decía algo.

Ella imaginó que era el Príncipe de sus sueños y se fue con él.  Se hicieron novios. Y se casaron. Y tuvieron una hija hermosa como la luna, clara como el agua, lista como el rayo. Pero no fueron felices. El corazón de Maca era demasiado grande para un despistado. Tenía demasiados agujeros. Nunca la llegó a comprender.

Aún así estuvieron años, porque para ella lo más duro era el vacío, volver a las piedras frías de su templo románico.
Solo con su niña era un derroche de amor, de besos, un sin fin de caricias.
“Esto es lo que yo quiero que tú hagas conmigo”, le decía ella a su marido. Y él le contestaba: “vaya, me ha salido poeta, la mujer, si no leyeras tanto, si no te quedaras tan ensimismada mirando las estrellas, si no vieras tantas películas...”. Desde aquel día ella simplemente se dejaba hacer el amor, porque su cuerpo era un témpano de hielo en brazos de un desconocido.

La depresión que siguió la condujo a un estado de apatía, de desgana, de desilusión, de muerte. A ese Dios que siempre sintió distante no paraba de decirle: “Sácame, oh Dios, sácame de este infierno”. Los antidepresivos y sobre todo la mirada de su niña la mantenían con unos hilillos de vida, de esperanza y de luz.

El se marchó el día que descubrió que tenía un cuerpo entre sus brazos que era una pelota, o una almohada o algo parecido, pero sin vida, sin deseo, sin  nada para él.

Ni se dijeron adiós ni nada parecido. El tampoco intentó quedarse con la niña. Daba mucho trabajo.

A ella no le importaba el trabajo y ahora tendría todo el tiempo para ella. Todos sus mimos. Todo su calor. Todo su amor.  El que le faltó a ella, a su niña no le iba a faltar.

Empezó a desconfiar del resto de los hombres. Eran todos unos egoístas. “Si los sacas del fútbol, del bar, de las mujeres, ¿tienen algo más que ofrecer?”, decía en el trabajo.

En sus largas noches de insomnio escuchaba al loco de la colina que le hacía encontrarse con la parte más bonita de ella. Le hablaba de sentimientos, de emociones, de locuras, de amores, y ella se sentía encontrada en esa nueva galaxia. Empezó a sentir sus carencias, a hablar con ellas, primero con desesperación, después con cercanía, hasta que las convirtió en compañeras. Le hablaba a su tan temido vacío, le hablaba a la soledad y la soledad le contestaba, le hablaba a la angustia y la angustia le escuchaba, le hablaba a su cuerpo y su cuerpo se hizo su Maestro. Cuando quería tomar una decisión escuchaba sus entrañas y hacía lo que le decían sus entrañas.

Habló con su madre, con su padre. Primero echándoles en cara cientos de cosas. Más adelante con menos rabia. Casi sin odio, como perdonándoles. Sus padres no la entendían, pero en ella fueron creciendo alas fuertes, vigorosas y un día se lanzó a volar al infinito y se encontró que el infinito estaba lleno de almas voladoras, que gozaban , que disfrutaban, que se sentían acompañadas, que expresaban sin rubor su alegría y su tristeza y que se amaban y te amaban.

A ella se le abrieron los cielos. Hizo cosas que jamás imaginó. Un día emprendió el camino de Santiago.
Otro se lanzó a hacer baile y teatro. Otro ensayó amistades nuevas. Otro se escuchó a si misma, hablando con quién Dios sabe quién será. Otro desnudando su alma en un  diario. Otro jugando  a tirarse por el parquet como una niña feliz.
Otro escribiendo una carta a su antiguo marido: “tú y yo no teníamos futuro; tú me pediste lo que jamás yo podía darte y yo te pedí lo que eras incapaz de darme; te deseo que te vaya bien, porque a mi me está yendo mejor; entre los dos tenemos algo grande, nuestra hija, ¡qué no repitamos los viejos errores!”.

Maca se fue haciendo otra mujer. Se fue haciendo a si misma y cuánto mas fuerte y segura era,  más gente amorosa se encontraba. Ya no tenía miedo a sus vacíos porque los había mirado a la cara y sus miedos, con el tiempo, se fueron convirtiendo en aliados. Estaba más bella que nunca.

Cuando yo la conocí surcando los cielos del Himalaya ,ella había intimado con un hombre distinto del que había imaginado. Un hombre que era él. Auténtico. Un hombre que la animaba a ser ella.

La vi temblar, algo asustada. Buscamos un cobijo en la noche heladora de noviembre. Hicimos juntos también el camino de regreso a casa. Era una gozada volar a su lado, con viento a favor, rodeados de cientos, millones,  trillones de seres humanos, de aves, de luces. Fue un viaje maravilloso. Si las palabras no fueron equívocas, diría que la amé allí mismo, sabiendo que era un camino con final, con final para los dos.

Tardé largos meses en volverla a ver. Estaba en el parque viendo como reventaban las hojas de los castaños en primavera, recostada en los brazos de su amado. Al verme, su cara se le iluminó, como cuando hablaba de su hija Bea, como la estrella más linda del firmamento y con sus ojos llorosos, encantados, mágicos, entregados, me dijo para que entre la multitud solo yo pudiera escucharla:

- ¡Ahora sí, ahora sí soy feliz!. Amo y soy amada.

Enviado por Valentin Turrado

sábado, 22 de mayo de 2010

Toda la verdad

Los vecinos decían que Marta era de otra calaña, que su fibra y sus entrañas desprendían algo especial para los problemas ajenos y que su pequeño mundo familiar y el barrio se le hacían pequeño a su grande corazón. Por eso creían que se había metido en una ONG y que se había marchado a Guatemala a dar su vida por los más empobrecidos.

Eso era verdad, pero, como casi siempre, no toda la verdad.

Marta no aguantaba ver sufrir a su madre, paralítica desde hace más de diez años y con fuertes dolores de columna. Sus lamentos de día, sus quejidos en la inmensidad de la noche, se le hacían duros como piedras imposibles de digerir: su voz  siempre cansada y agónica, su respirar dificultoso por ese asma que no le dejaba vivir, el arsenal de pastillas con el que iba malviviendo. Marta no podía con tanto dolor, con tanto absurdo dolor. Sus muchos porqués gritados a lo Alto jamás encontraron respuesta, tan solo abrieron las simas de su alma devastada.

Su forma de ser no admitía medias tintas. O se deprimía con su madre o huía como una loca, como hiena del desierto, que solo busca saciarse para vivir y recorre kilómetros y kilómetros en busca de una pieza deseada. O enfermar o marcharse. No veía más alternativas. Estaba harta de tantos tranquilizantes y ansiolíticos.

El bueno de su hermano no le hizo apenas preguntas:

-    O sea que te vas a Guatemala. ¡Qué te vaya bien!. Nosotros seguiremos aquí en este infierno, pero trataremos de llevarlo lo mejor posible. Por favor, escribe. A mamá le gustará que le leamos tus cartas.

El padre fue más duro:

-    ¡Pero no ves cómo está tu madre!. Y yo tengo que seguir trabajando y va a recaer todo en tu hermano. No te entiendo. ¿Hay alguien que te necesite más que tu madre?.

Marta no se atrevió a contestar. Ni siquiera podía hacerlo. Se sentía ruin y culpable.  Algo se le rompía por dentro, pero no podía evitarlo. Estaba huyendo. Pensaba también en la gente miserable que se iba a encontrar en Guatemala. Pero sobre todo, pensaba en huir. Huir lo más lejos posible del dolor insoportable de ver a su madre irremediablemente enferma, huir del miedo horroroso que le producía la muerte de su mamá querida, huir de verse ahí, prisionera de una realidad cruel, casi macabra, sin salida, nadando en una amargura que parecía infinita y paralizante.

Entre huir o destruirse, optó por alejarse.

Su madre no le dijo nada. Tan solo lloró cuando en la oscuridad de la noche se apretó contra la almohada. Se quedó más sola con su dolor y su desgracia, tan solo aliviada por las cuentas rítmicas del rosario frecuente. Su refugio era el “Padre nuestro” y el Ave María”.

Con el tiempo Marta se hizo importante, como una estrella luminosa o un arco iris inmenso, de esas que aparecen en los suplementos de los dominicales. Se hizo famosa como la gente solidaria que realmente merece la pena. Hablaban de ella los medios de comunicación como hablan de Vicente Ferrer o el obispo Casaldáliga o la Madre Teresa de Calcuta.

La muerte de su madre, como no podía ser de otra forma, la pilló lejos, en una fabela de Brasil. En la distancia se inundó de tristeza y se sumergió en el negro mar de la miseria de la tierra para aplacar el amargo sabor de la culpa. En su muchos años por el mundo adelante aprendió a vivir, a sufrir y a llorar. Aprendió a no pedir a Dios lo que está en nuestras manos resolver  y a acudir a El cuando ya no había otra alternativa. Vivió la locura del amor junto a otro loco peregrino y los dos crecieron juntos, como palmeras de oasis encantados.

Fue tanta su entrega y su osadía altruista que le concedieron el Premio Príncipe de Asturias.

Se presentó a recogerlo vestida con las viejas ropas de su difunta madre.

-    Quiero decirles a todos ustedes y a todos los que me van a ver, que mi historia es una triste historia. No quiero engañarles. Es verdad que llevo muchos años dando la vida entera por los más pobres de la tierra y  que hasta al día le faltan horas para lo mucho que me queda por hacer. Pero en mí mas que valor y heroísmo lo que ha habido es cobardía. El que de verdad se merece este premio es mi hermano Eduardo, que supo ser grande en la soledad de un piso de Valencia y cuidar de mi madre, que durante quince años estuvo paralítica en casa. El convirtió su labor en algo callado, sencillo, humilde. Yo me marché porque no pude aguantar verla sufrir . El sí aguantó. El sí que es un tipo especial, un fuera de serie, un frontera, como tantos otros. Seguro que alguno hay en esta sala y muchos más viéndonos por la televisión. Que todos vuestros aplausos sean para toda esa gente como mi hermano que viven sin que nadie se entere, pero que dan calor y luz a nuestro mundo, son como la hogaza de pan encima de la mesa. Jamás saldrán en los medios de comunicación, pero sin ellos la vida sería menos humana.

Años más tarde, cuando su padre se quedó solo y enfermo, no le quedó más remedio que dejar la selva amazónica y volver a casa. El cáncer de hígado le dejó postrado en cama. Marta sintió la tentación de aceptar la última oferta que tenía para poner un proyecto en marcha en Pakistán. Se volvió a encontrar con sus deseos suicidas y de huida. Aparecieron las taquicardias y los ahogos. Pero aguantó. Se le hicieron largas y eternas las noches de insomnio al lado de su padre. Lloró su  tristeza como lloran los que saben que se encuentran en un momento crucial de su vida , en su página tal vez más bella. Lloró sus huidas. Lloró sus miedos. Lloró sus miserias. Lloró sobre su nombre famoso y lo sintió débil y pequeño.

Estuvo junto a su padre. Le escuchó. Le atendió como se atiende a alguien que sabes que está a punto de partir para un viaje final. Y hablaron, hablaron mucho. A veces distantes, a veces abrazados. Y se hicieron mucho bien juntos. Recordaron a su madre y la sintieron muy cerca  antes de que la morfina hiciera los últimos efectos.

Marta tenía a su padre en brazos cuando murió y su hermano estaba junto a ella. Ya no lloró, al contrario, sintió una alegría nueva, profunda, honda como una corriente de mar , limpia y serena como una noche estrellada. Su ser entero se le inundó de paz y de calma, una calma extraña, ajena a ella, que le cambió la cabeza y el corazón. Ahora sí que se sentía grande. Era como si el universo entero le estuviera dedicando un sonoro aplauso.

Desde entonces dejó de huir. Aceptó su historia completa como acepta la naturaleza las distintas estaciones del año, sin una queja y con una sonrisa. Volvió a Guatemala, junto a Rigoberta Menchú. Esta vez si que se sentía libre, como un cóndor de los Andes.

- ¡Qué le vaya a vos lindo!, fue la despedida de su hermano, mientras le prometía ir a trabajar con ella de voluntario en sus vacaciones estivales.

Enviado por Valentin Turrado

sábado, 15 de mayo de 2010

Sus besos sabían a cielo

Mientras paseaban por la orilla del río con las manos enlazadas y escuchaban el murmullo sereno del cauce,  le transmitió su última confidencia, como un crujido inesperado :

-    Algo desde dentro me dice que me vaya, que inicie otra aventura, lejos de ti; lejos de tus besos con sabor a tierra,  de tus abrazos que me saben tibios..
-    No puedo entenderte. ¿Dónde quedan tus caricias?. ¿Tus poesías, tus miradas cómplices, tus sueños conmigo?.
-    Busco una ternura mayor, un afecto sublime que tú no puedes darme. Gracias por el calor de tus leños de comprensión y respeto. No trates de retenerme, porque no te pertenezco.

Aquella joven entró en el Postulantado soñando algo que la vida aún no le había dado: “vivir el paraíso aquí en la tierra”. Su decisión no le ahorró ni una lágrima por aquel novio que dejaba extrañado y cabizbajo y aquella nota escrita que encontró  su mano fría en el anorak: “un rincón de mi corazón será para ti, por si volvieras...”.

Ella no estaba decidida a regresar. De aquella fuente ya había bebido y su agua no era tan fresca como para apagar el fuego que la quemaba por dentro. No buscaba príncipes azules ni historias con final feliz de películas de  Walt Disney.

Desde dentro sentía que había otra cosa. Otro Ser. Otra historia para ella. Otra montaña que subir. Otros cielos que contemplar. Otros brazos...

Entre sus monjas siempre fue vista como alga rara, alejada de normas, constituciones,  quehaceres y cargos institucionales. Le gustaba  rodearse de gente joven, de personas inquietas,  de hombres y mujeres despiertas a las nuevas realidades que ella intuía, seres que se salieran de lo normal y que no les importaran los juegos prohibidos.

Sí, le encantaba jugar con fuego. No le importaba aparecer como un gusano para renacer a lo que ovillaba en su interior. Antes de tiempo se sentía crisálida. Algo inaudito, etéreo, impredecible.

Como maestra transmitía vileza, espontaneidad y locura en sus clases. Era inesperado por donde  iba a salir, o la siguiente lección de sus clases de religión o el tema del nuevo encuentro preparado. Surcaba mares irreconocibles, como los piratas que buscan tesoros ocultos. Sin duda, era una pirata, en este mundo nuestro tan serio y formal, sin patas de palo, sin antifaz.

En la Orden acabaron pasando ella, de la misma forma que ella acabó viviendo su propia vida, con cariño eso sí hacia a sus hermanas de comunidad, pero desde su propio latir. “¡Qué una no ha nacido para cumplir expectativas ajenas!”, le gustaba decir a menudo, “sino para volar”. Se sentía mariposa de colores preciosos y su cobijo eran las flores que brotaban en cualquier estación del año. Sin embargo, no era frágil y su caña no se quebraba ante cualquier viento.

Frecuentaba la noche paseando con seres humanos dispares, escuchando como las almas se desnudan al compás de la luna, del misterio, de las estrellas que alumbran a los amantes . No sentía temor  a caer de bruces en brazos prohibidos o deshacerse en amores imposibles.

Aquella mujer escuchó muchas historias, se hizo cómplice de muchos desazonados corazones, apagó muchos vacíos. ¡Cuántos curas no acudieron a su cita en busca de cariño y ternura!. ¡Cuántas confesiones en el café de la Lola, mientras sonaba de fondo la música de los Quijano o las melodías de Ismael Serrano o Rosana!. Estaba al día de los últimos sonidos, conocía los versos más lindos, como los de Pablo Neruda. Se enternecía leyendo una y cien veces los poemas de  Juan de la Cruz, los escritos de Teresa, el Cantar de los Cantares, y la historia de tantos Quijotes que han poblado las angostas llanuras de cualquier Alcarria.

Pero sobre todo degustaba  sus silencios, los mutis por el foro para ejercicios enamorados, o las soledades del Císter y de su pueblo natal.

Robó no sé cuantos corazones con su aire suave, fresco, libre. ¡Qué el mundo no se agotaba en ninguna persona!. Cuando notaba que alguien se colgaba de ella, sin decir adiós se marchaba a refugiarse en su cueva profunda, aquella que sola ella y Alguien más habitaba. Se convertía en una garza huidiza. Enamoraba y dejaba con el amor prendido, como un injerto.
Ella era consciente y se metía en ese juego peligroso que algún que otro disgusto le trajo. Como aquella sonora bofetada después de la procesión del viernes santo. Abría las puertas y cerraba su alcoba con la misma facilidad.

¡Qué difícil seguirla!

Su corazón, un pozo lleno de delicias. Como una prostituta del amor, que da cobijo a no sé cuantos hombres. Todos los días necesitaba como el comer unos cuantos abrazos, un par de miradas tiernas y los besos necesarios del hola y del adiós. Su energía alcanzaba hasta sus castaños cabellos siempre sueltos, recién lavados. Sus ojos tenían el color del arco iris. Sus manos esponjosas, como panes harinados sacados ahorita mismo del horno.

Bebía en fuentes desconocidas para los demás. A diario visitaba otros templos, otros sagrarios. Se sentía desbordada por un amor que la dominaba , la poseía, la embrujaba.

A veces pensaba que no podía resistir tanta desmedida, tanto llenazgo y su cuerpo se derretía en los misterios divinos del placer. Decía que vivía bajo el encantamiento de Dios, que al oído con cada luna creciente le susurraba palabras amorosas inimaginables para el resto de los humanos.

Sí, es verdad, Dios era su pasión y en él se regocijaba, como los enamorados se regocijan en sus cuerpos anhelantes, en sus labios deseosos, en su sudor de espliego y jazmín.

Le bastaba cerrar los ojos e inclinarlos ligeramente hacia arriba para que toda su alma se le fuera tras El. Se le entreabrían los labios, levantaba los brazos, bailaba, giraba, daba vueltas como los derviches y una dulzura nada de este mundo la envolvía, la acunaba, hasta no sentir ni su propio cuerpo. Y ahí permanecía tiempo sin tiempo, minutos y minutos sin contar las horas. En mucha ocasiones hasta que el sueño la vencía. O se desmayaba.

Sus hermanas le recomendaron visitar a un siquiatra que tenía mucha fama en estas cuestiones. Ella, con desdén, les contestaba que El era su siquiatra y su médico y su maestro y su...

En su bolso siempre llevaba una libreta de piel amarilla, donde descansaba sus suspiros, congojas, ausencias, piropos y  sus huidas,  que también los había, sobre todo si había conflictos a la vista. En ese momento ella se ponía en pie, cambiaba el rumbo y decía y hacía : ¡A toda máquina!.

De vez en cuando se la veía llena de nostalgia, con una melancolía de lluvia pausada que la ahogaba lentamente y no la dejaba respirar. Esos días era incapaz de levantarse de la cama y ponerse los pantalones vaqueros desgastados y el suéter ajustado que tan bien resaltaba su bella figura. Eran los momentos de ausencia de El, en los que se sentía rota, casi desesperada, vacía, abandonada. Otras veces la angustia era tan voraz que la hacía andar, andar, andar de un lado para otro, y no le permitía estar quieta. Como una loba herida, solo deseando emigrar a no sé qué tierra, en busca de qué se yo qué.

“¡Qué cerca te siento, Oh Dios! y qué lejos cuando te vas!”, decía a sus dos íntimos hablando de su amor.

Pocos la entendían. Tan pocos que se fue alejando del mundo que no le interesaba. “No se puede echar margaritas a los cerdos”, le gustaba  repetir una y otra vez. No era amiga de dar explicaciones ni de justificar sus comportamientos.
Su ternura  la desbordaba,  imposible de contener, de encerrar, de inhibir.

Poco a poco empezó a escribir su diario y llenó cientos de páginas sinceras con olor a lavanda natural. Tenía miedo que no la comprendieran, por eso no quiso nunca publicar sus confesiones como  Agustín de Hipona. ¡Y no sería porque no tuvieran interés!.

Hoy ya tiene el cuerpo flácido y está de vuelta de muchas críticas, de miles de murmuraciones, de cientos de dedos señalándola como impúdica, como mal ejemplo para la vida religiosa, pero me bastó una tarde, una sola tarde con ella, para saber que aquella mujer no estaba loca, que sus ojos y sus manos habían hecho el amor cientos de veces con el Amor y sus besos sabían a miel, la más dulce miel y sus abrazos no eran de esta piel. Sabían a cielo .

Como si fuera un ángel. O Clara de Asís.

 

Enviado por Valentin Turrado

viernes, 14 de mayo de 2010

A través del tiempo

 

por el todo que habita el mundo

por el sueño perdido y las diferencias

encontradas; tras de mí, se levantan

siglos de lucha y sangre de puertas

cerradas.

Las preguntas sin respuesta se

agolpan en la mente, ciudades

separadas por ideologías que parten

la conciencia de un gobierno que

grita desolación e injusticia.

A ciegas nos topamos con la piedra

de la indiferencia, con dinero lavamos

la conciencia y compramos el sueño

ajeno, jugamos con ilusiones engendrando

odio.

Vamos diluyendo  la verdad

según los cristales con que la

conveniencia viste nuestros ojos

vendemos al mejor postor la vida

y el alma.

Mayte G.

Más cosas de Mayte G.

sábado, 8 de mayo de 2010

Me marcho a las monjas

Tenía los ojos verdes, escondidos detrás de la timidez de su gafas, recordando a la primavera a punto de explotar. Eran como la hierba fresca y húmeda. Ellos no sabían de doblez. Solo de bondad.

Le citó, en aquel templado mes de abril , en la plaza Miguel de Unamuno. Se sentaron de frente en aquel viejo banco de piedra que de tantas confidencias había sido testigo. Los niños jugaban en el parque.

-    Tengo tres hermanas y ningún hermano. Quiero que seas mi hermano. ¿Aceptas?.
-    Sin apenas dejar terminar la pregunta, él dijo sí.

En el mes de mayo, en el recibidor de aquel viejo convento, en un clima tranquilo, sereno, hondo como el manantial más puro, ella se declaró:

-    Me marcho a las monjas.
-    Qué seas feliz, le dijo él.

No era una decisión precipitaba ni fruto de frustración o desengaño alguno. Se sentía cortejada.
No miento si os digo que atraída por alguien que le había pedido relaciones y noviazgo. Yo la vi más guapa que nunca, envuelta en aquel corazón grande como toda Salamanca entera. No olvidaré aquella diadema de colores con la que recogía su pelo y aquellas mejillas sonrosadas, que parecían que estaban encantadas.

Enviado por Valentin Turrado

sábado, 1 de mayo de 2010

La niña que quería la luna

Margarita era una niña abierta, simpática y juguetona. Sus padres la querían con locura. Con sus hermanos era habladora y mimosa. Como era lista,  en el colegio sacaba buenas notas y hacía los deberes con prontitud. Le gustaba ayudar a su madre a barrer la casa y a recoger los huevos de las gallinas. Con su gato jugaba a hacer trastadas, pero siempre discretas y a escondidas. Sin duda, era una buena niña.

    Pero, - ¡todas  las personas tenemos un pero!- se empeñaba en inventar juegos imposibles de realizar que siempre le salían mal, como bailar  peonzas sin pico, saltar gomas que no estiraban, colocar columpios en ramas de árboles finas y delicadas o tratar de saborear las cerezas antes de que madurasen. Esto le hacía sentirse inquieta y desdichada, aunque nadie se daba cuenta de ello.

    Cuando llegaron los Reyes Magos, además de las cosas de costumbre – una muñeca, una pizarra, pinturas de colores, guantes para la nieve.. – les pidió la luna. Cuando le entregó la carta al Paje Real éste quedó extrañado:
-    ¡Les has pedido la luna!
-    Sí, porque son Magos
-    ¿Y si te entregan a ti la luna, quién alumbrara la noche, cómo verán ellos para regresar?.
-    No lo sé, pero yo quiero tener algo imposible y eso es la luna. Nunca he conseguido coger con las manos una estrella y subirme a un caballo a galope ni pintar los colores de las mariposas con la misma perfección con que son en la realidad y he pensado que si tengo la luna, todo será posible para mí y cualquier sueño, cualquier ideal lo podré conseguir.
-    ¿Y si no te lo traen?
-    Me sentiré mal. Sufriré y lloraré mucho. Y sobre todo, dudaré que merezca la pena tener muchas cosas si no puedo tener mi mayor deseo.

Y aunque los Reyes son Magos de verdad,  por mas que lo intentaron no pudieron traerle la luna. Sus papás quedaron extrañados de que Margarita no valorase  los muchos regalos que había tenido y que ella de una forma agitada abriese regalo tras regalo y con inusitada rapidez los abandonara, en pos de una luna imposible de quitar del firmamento. Margarita enseguida trató de poner su mejor cara, pero dentro de sí creció una desilusión amarga: jamás podría tener la luna, jamás podría ser plenamente feliz y tenerlo todo.

Muchos años tardó Margarita en darse cuenta que hubiera sido peor para ella que los Reyes Magos le hubiesen descolgado la luna del cielo.

Enviado por Valentín Turrado.

martes, 27 de abril de 2010

Sin despertar del Letargo.

Abuelo

Desperté en algún rincón de tu memoria.
sin más detuve el tiempo.
El sol del invierno, perezoso de frío,
vibró ante las mentiras del espejo.
Desperté del sueño interminable
y sonreíste en la penumbra
al hallar, como una flor en primavera,
a la novia que un día hiciste tú amante.
Sin que mustiase el luto las arrugas creadas
por los días corridos en la tez de tu rostro,
los veinte años volvieron tu memoria
hacía el otro lado de la luna,
dónde tú y yo, mágicos albores,
comenzamos un mundo de constantes sabores.
Repusiste juventud, en mi piel demacrada
Devolviéndome luz en tu mente extraviada.


Darilea.


Pd: A todos aquellos que se extraviaron en un camino sin regreso.

lunes, 26 de abril de 2010

¡¡EXACTAMENTE!!

Se cuenta que Martín Perales,un cristiano practicante muy convencido de su religión,iba caminando por la calle cuando se encontró con Rodrigo Hernández,el conocido dueño de una importante empresa fabricante de jabones.
    Iniciaron una conversación en la cual ambos hablaban de diferentes aspectos de la actualidad cuando,en un determinado momento,el fabricante de jabones,dijo:
  - El Evangelio que su religión predica no debe ser muy bueno,porque todavía hay mucha gente mala en el mundo.
     Martín se dio cuenta de que cerca de allí había un niño jugando con lodo y que iba manchado de pies a cabeza.Así que respondió a Rodrigo,señalando al niño:
  - Su jabón no puede ser muy bueno,porque hay mucha "suciedad" en el mundo.
  - Bueno - respondió Rodrigo -,el jabón sólo limpia cuando una persona lo usa.
  - ¡¡ Exactamente !!


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sábado, 24 de abril de 2010

¿Por qué se empeña en ponernos una guía?

Recién ordenado sacerdote a Rafael le enviaron a un pueblo de la montaña, a más de seis horas a caballo de la  villa importante más cercana. Allí , por primera vez, predicó el evangelio, a la docena de hombres y mujeres que cada domingo le escuchaban. Enseguida se hizo amigo de Eusebio, el Subnormal, así le apodaba la gente a este pastor de ovejas y cabras que una meningitis de pequeño le había dejado sin luces para la escuela. “No se moleste, D. Rafael, aquí no nos lavamos las orejas y por más que nos hablen no oímos y si oímos  no entendemos”.

El joven cura insistía una y otra vez. “¿Sabéis como es el corazón de Dios?”.   Pero nada. “¿Habéis visto la risa de Dios?”. Nada de nada. Tenía razón Eusebio, no había oídos.

Un día Rafael se metió en medio del concejo del pueblo para impedir que dos viejos se liaran a cachazos. Otro día visitó a un hombre enfermo que nunca pisaba la Iglesia, ante la murmuración general. Lo que le sacó de quicio era que la gente se burlara del Eusebio y le insultaran y le trataran como si fuera un perro.

El joven sacerdote estaba triste. Hoy se diría que tenía una depre.

Cuando en aquella tarde de primavera estaba tocando las campanas para la novena mariana, se presentó Eusebio.

-    Mire, D. Rafael,-aquí dijo una palabrota- ve ese nogal de la huerta del Atilano.
-    Sí, es muy grande, le contestó el cura.
-    ¿Sabe cuántos años hace que lo plantó el abuelo del Roque?. 52 años. (Eusebio, aunque la gente decía que era tonto, a sus 65 años tenía una memoria prodigiosa). Fíjese como su tronco está torcido. ¿Usted se atrevería a ponerle una guía para enderezarlo?
-    Nóoo, le dijo sorprendido Rafael.
-    ¡Pues por qué se empeña en ponernos una guía a nosotros!.

El joven sacerdote quedó confundido. Eusebio se marchó como siempre hacía, riéndose a mandíbula partida y bajando a todos los santos del cielo.

Enviado por Valentín Turrado.

domingo, 11 de abril de 2010

EL MILAGRO DEL TRABAJO Y EL ESFUERZO



   Dicen que un hombre convirtio,en el espacio de dos años,un territorio pedregoso en un jardin lleno de flores que se hizo famoso en la comarca.
   Un dia,un santo varon paso por el jardin y,para que el jardinero no olvidara quien era el Creador Supremo de su obra,le dijo:

   - Jardinero,este jardin tan hermoso es una verdadera bendicion que Dios te ha dado.

   El jardinero comprendio el mensaje y le respondio:

   - Tienes razon,santo varon,si no fuese por el sol y por la lluvia,por la tierra y por el milagro de las semillas y por las estaciones del año,no tendria ningun jardin;¡pero deberias haber visto como estaba este lugar hace dos años cuando Dios lo tenia solo para si mismo!.

ENVIADO POR KUENTERO

sábado, 10 de abril de 2010

"UN DOBLE VIAJE" II PARTE

 

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Apenas acabábamos de colocarnos en la retaguardia de la cola de nuestro tren, cuando se oye una voz por los auto parlantes. Lo único que pudimos entender era que hablaba una mujer. La calidad del sonido era pésima y el acento cubano muy marcado. Notamos que la información debía estar referida a nuestro tren porque el personal de nuestra cola se iba revolucionando por momentos y el resto de colas no. La gente, por lo bajo, profería frases contra el sistema, pero no tardaron más de lo que la "compañera" del altavoz necesitó al repetirnos dos veces su mensaje, para ir cambiando las expresiones de sus rostros de enfado por resignación. Decían:

-Esto es cosa habitual.

-¿Y qué es lo que ha dicho? preguntó mi amiga.

-Dice que nuestro tren lo están arreglando en los hangares y que saldrá cuando esté listo.

Los dos nos quedamos con nuestras caras imitando a las de los nativos, para no desentonar, pues se trataba de vivir a lo cubano. Había que ser solidario, nunca como turista.

- Esto es cosa del bloqueo americano - decía mi amiga- no podrán comprarles las piezas del tren.

- Pero Piki, si este tren es francés. Se lo dio Mitterrand a Fidel para no tener que llevarlo al desguace cuando pusieron el AVE francés. Le repliqué.

- Sí, pero algo tendrá que ver el bloqueo en esto. Seguro.

Allí estuvimos cuatro horas de espera. Vimos como se marchaba el tren de Guantánamo, a donde nosotros queríamos ir. Esto era como hacer el camino de Santiago pero a lo cubano. Mi amiga quería llegar hasta la famosa base en testimonio de protesta contra el imperialismo americano. Cuando sacamos los billetes lo intentamos, pero nos dijeron que los extranjeros no podían ir a Guantánamo en el tren que va a Guantánamo. Debían ir en el de Santiago de Cuba, que está a más de cien kilómetros de distancia, y no sabían darnos más explicaciones. Eran las normas y las normas no se discuten, se cumplen. Los funcionarios cubanos, al menos los del ferrocarril, tienen una voluntad y firmeza férrea cuando quieren.

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Por fin parecía que podíamos salir, tras la espera de cuatro horas, durante las cuales pudimos hacer amistades en la cola. Conocimos a una señora joven, rubia de bote, moderna, que viajaba con sus dos hijas quinceañeras y el novio de una de ellas. Iban al encuentro del marido y padre de las niñas, que estaba tocando en una orquesta de la capital santiagueña. Gracias a esas cuatro horas, pudimos consolidar una amistad, que nos sirvió poco después para resolver algunos problemas que se nos iban a presentar durante el viaje.

Comenzó la cola a introducirse en el tren, a la vez que la ferromoza, que es una especie de azafata de tren, iba dando la bienvenida a los pasajeros. Vestía de uniforme azul marino con chaquetilla, falda muy corta y medias de red. Se disponía mi amiga a subir cuando le dio el alto la compañera ferromoza.

-Usted puede subir pero las maletas no. Tendrían que haberlas facturado. Sólo pueden pasar equipaje de mano como en el avión. A nosotros se nos volvía a plantear un problema irresoluble, pero aquí apareció la amiga que hicimos en la cola para echarnos un cable. Nos instó a que esperásemos que pasasen todos los viajeros. Nos pidió cinco CUCs, la moneda del turista, y dándoselos disimuladamente a la señorita uniformada, hizo que se derritiera su férrea firmeza.

Accedimos al tren, un ómnibus como los que recorrían la España de los años ochenta, con tremendo traqueteo y ruido, pero allá es lo mejor que tienen. Le llaman “el rápido”, donde meten a los turistas para ir donde no quieren ir, que, a la postre, pocos de éstos viajan en él. ¡Cómo deben ser los otros trenes!

Llevábamos ya una hora de movimiento continuo, cuando entró la ferromoza al vagón -caja en mano- repartiendo unos sangüiches mixtos y una bebida de cola, de pésima calidad, para no desentonar con los sangüiches. Su nombre: "Tu cola".

Fue repartiendo una unidad, de cada, a todos y cada uno de los viajeros, menos a los dos extranjeros que había en el vagón, o sea a Piki y a mí. Mi amiga se quedó sin palabras, pero en esta ocasión reaccionó con rapidez. Se fue derechita a la ferromoza, que ya estaba más en el otro coche que en el nuestro, para pedirle explicaciones.

Yo, de lejos, aunque no podía oír lo que hablaban, por el ruido, la veía gesticular y vociferar montándole un "pollo" de padre y muy señor mío.

A su regreso, no necesité preguntarle lo que había pasado. Me dijo directamente:

- Pues no dice "la compañera", que nosotros no tenemos derecho a los bocadillos, porque hemos pagado menos que los pasajeros cubanos. Dice que ellos pagaron 55 pesos y nosotros 50. Y yo le contesté que si no sabía que el valor de los pesos convertibles, con que nosotros pagamos, tienen un valor 24 veces superior a los pesos cubanos, y, si nos pusiéramos a dar a cada uno según lo que ha pagado, nos deberían dar más de 20 bocadillos y otros tantos refrescos por lo menos. Es una racista, xenófoba, insolidaria, ¡qué sé yo cuantos más adjetivos le pude espetar! Y encima la estirá esa, me dice que cumple con las normas. Normas le voy a dar yo cuando presente mis quejas por escrito al Comité Central de los Transportes de la Revolución.

Mi amiga supuraba ira por todas partes. Estaba para darle algo. La estuve tranquilizando. Le dije que no merecía la pena ponerse así por tan poco alimento. Me contestó:

- Tú no lo entiendes. Lo que se está cociendo aquí es mucho más que un mini bocadillo con cola.

Preferí callarme, pensando para mis adentros:

-Y tanto, que se está cocinando más que un piscolabis, pero el lugar no está fuera, sino dentro de tu cabeza. Además, no te voy a contar lo de los dos sobornos que tuve que hacer antes para poder estar donde estamos, sino se te iba a producir un buen cortocircuito neuronal.

Conforme se tranquilizaba, se le iba produciendo un cambio de sentimiento, ira por desilusión. Me decía:

-La Revolución es algo maravilloso, pero es imposible que triunfe con gente como esta loca. Son gente mala, que echa arena en los ejes del Sistema para que no triunfe.

Después del sofocón, ella se recostó sobre mi brazo y se quedó dormida.

A eso de la media noche, empiezo a sentir un frío bastante desagradable. Mi amiga tosía a intervalos cada vez más cortos. El resto de compañeros de viaje comenzó a sacar de sus bolsas y macutos, todo tipo de prendas de abrigo: jerséis, mantitas, sobretodos, toallas, etc. Parecía que todo el mundo sabía lo que iba a pasar al llegar la media noche, menos nosotros. Se veía que, alguna cabeza pensante del Comité Revolucionario de Transporte, había decidido que los "compañeros" viajeros no debían pasar calor a partir de la media noche, y allí se había instalado el "Polo" con puntualidad meridiana.

Yo achuchaba contra mí a mi amiga, con la intención de calentarnos mutuamente - entiéndase en el sentido térmico solamente - para que no se despertara y no montara otro escándalo como el anterior, pero no fue posible. Como resultado de un intenso escalofrío se despertó y, entre el castañeteo de dientes, acertó a decirme:

-¿Qué pasa aquí? ¿Estamos atravesando La Antártida?

-No, Es que han puesto el aire a 14 º y fuera estamos a 35º.

-Claro, seguro que es la ferromoza que "como tira con pólvora del rey…”

-No la cargues con todas las culpas. Será el maquinista. - Le dije -.

-Lo mismo me da, pero esto es inaudito. Nosotros los capitalistas europeos siempre estamos con la obsesión del ahorro de energía. Cambiando los horarios y los camaradas comunistas cubanos derrochándola en trenes frigoríficos. Voy ahora mismo a hablar con la ferromoza.

-Mira Piki, tengamos la fiesta en paz, seamos prácticos. Olvida a la ferromoza y vamos al vagón de equipajes a ver si conseguimos que nos den nuestras maletas y sacamos un abrigo. Tú déjame a mí.

-Bueno, haz lo que quieras, esto está perdido. Resuélvelo tú con tu sentido práctico.

Allá que fuimos y, como en anteriores ocasiones, el "compañero" de equipajes sacó a relucir su férrea voluntad en el cumplimiento de las normas.

-No es posible acceder a los equipajes durante el trayecto. Nos aseguró.

-Es que, si no nos deja usted coger, de nuestras maletas, unos abrigos, llegarán a Santiago dos turistas congelados. Por favor, deje que nos podamos calentar con nuestros abrigos y, de paso, caliéntese usted con la botella de ron que se compre con estos 5 CUCs.

Los 5 pesos calentaron su frío corazón. Nos acercó las maletas y nosotros pudimos calentar nuestros cuerpos con los abrigos y pantalones que sacamos de las mismas.

Por fin, cansados y decepcionados mi amiga Piki y yo pudimos llegar a Santiago de Cuba con 8 horas de retraso y habiendo realizado un doble viaje: uno, a través de la geografía cubana y otro, a través de las ideas políticas. No éramos los mismos que habíamos salido de la Habana el día anterior, ni física ni mentalmente.

Guantánamo nos esperaba como destino final, pero eso fue otra historia...

Autor: Rafael de Tena Abril, agosto de 2.009

Recuerde la 1ª Parte.

lunes, 5 de abril de 2010

Confesiones de María de Magdala a María, la de Jesús

 

Me he pasado la tarde en casa de María. Estábamos solas. El ambiente creado en torno al fuego fue propicio para abrir el corazón y la lengua. Nunca había hablado con ella como hoy. Tenía la sensación de que siempre me había mirado de una forma algo confusa para mí, como distante. No sabía si estaba enfadada, rabiosa o simplemente pensativa. Albergaba ansiedad por aclarar algunas cosas y de decirle lo que sentía como mi verdad. Ya sé que las habladurías han sido muchas, incluso entre gente de bien. ¡Hasta en el propio grupo que desde hace años formábamos en torno al Nazareno han corrido las murmuraciones..!.

Ella me dijo que le echaba mucho de menos, que desde que lo mataron su vida ya no era la misma y que sentía con frecuencia una angustia que la ahogaba por dentro, y que no la dejaba respirar. Que sí, que reconocía que algo en sus tripas le decía que estaba vivo, como que la muerte no había sido definitiva, pero que a veces su razón se ofuscaba y le invadía el miedo, esa sensación amarga y difícilmente explicable que da la ausencia, la distancia y el abandono. Y que muchas noches se despertaba envuelta en sudor, llamándole, susurrándole: “Hijo, dime que es verdad lo que siento, dímelo”.

Me alegró oír sus sentimientos, sus dudas, sus certezas siempre pasajeras.

Cuando empezó a hablar sus palabras se atragantaron con mis mocos y las dos hicimos silencio, un silencio largo, hondo, como lleno de alguien, como lleno de El. Desde mis tripas le dije que había tenido dudas de ella, dudas de su mirada, dudas de su cariño. Me atreví a preguntarle si sus pocas palabras hacia mí eran de afecto callado o de desprecio, de rechazo, que si se había creído los muchos rumores que circularon en el grupo sobre mí y sobre su Hijo.

María, la madre, me confesó que hubo un tiempo en que sí, en que dudó, en que no veía claro mis intenciones, mis deseos y que sintió zozobra de que una mujer experimentada como yo, de vuelta ya de tantas cosas, lo embaucara, lo envolviera en otra historia distinta de la que El quería. “Incluso llegué a hablar con El y no me contestó, simplemente dejó caer aquella máxima antigua que nuestros padres nos recitaban: “que saben los rufianes de lo hay en el corazón de los hombres bondadosos”. “En varias ocasiones quise hablar contigo, - insistió- pero temí tu verbo fácil, temí tu arranque de ira y preferí quedarme con mis miedos”.

En aquel instante me vomitó su temor como una arcada inevitable: “¿le amabas?, ¿le amas aún?, porque qué las bobadas que se han dicho y se dirán a lo largo de los próximos siglos..”.

El corazón se me hizo un volcán encendido, lleno de lava dispuesta a emerger. Era una bobada ocultarlo. Además deseaba sincerarme.

“Mira, como sabes, antes de conocerle tuve a muchos hombres calentando las noches frías de invierno y buscando mi caricia fresca en la época de estío, pero aquello no era amor, aquello era deseo, aquello era necesidad de vivir. El amor al conocerle me di cuenta que era otra cosa, otro sentimiento, otra locura, otro sueño, otra pasión. Cuando el primer día de la semana del mes de las Tiendas, a media mañana, se acercó al lavadero del pueblo, donde yo estaba frotando la suciedad de mi túnica, y provocó mi atención como un zumbido de abeja agradable y me llamó por mi nombre, sin explicarme cómo sabía mi nombre, me sentí envuelta en una sensación nueva, extraña para mí, como si me conociera desde siempre, como si se hubiera adentrado en mi alma de mujer de repente, de golpe y me hubiera dicho “quiero quedarme en tu casa, en tu vida, en tu historia, en tu cuerpo entero”. Al ver cómo se acercaba y que mis tiernas temblaban y mis mejillas estaban rojas de rubor, El se dio cuenta y trató de tranquilizarme; yo estaba revuelta, insegura, asombrada de mi misma. “Quiero estar contigo”, fueron sus palabras, como una declaración adolescente de afecto. Camino de casa le conté mi historia pública de ramera, de mujer embarrada, y le dije que yo no sabía hacer otra cosa. El callaba y yo mirándole no dejaba de suspirar, hasta que las lágrimas provocaron en mi un torrente imparable de miedos, de extrañezas, de dolor, de alivio. Al tomarme por los hombros yo me agarré a El como un náufrago a un madero salvavidas y me vi transportaba a no se qué mundo de ilusión y de ternura. Cuando desperté ya en casa, El estaba a mi lado. Le noté tan cerca como jamás había notado cerca a ningún hombre.

Me dijo entonces cosas muy lindas para una mujer con mi pasado. Deseé que mi vida acabara allí, en aquella locura y morirme a su lado.

Ni una palabra de reproche ni un gesto de frialdad.

Quiero que sepas, María, que fue El quien se acercó primero y después fui yo el que quería estar de continuo con El”.

María, la madre, sacó todas sus dudas y yo se lo agradecí. “Tenía miedo que lo apartaras de su camino, de su guión de vida y que le hicieras uno más o que El se colgara de ti como si tú fueras toda su vida”, me dijo.

“Pero no fue así, le respondí. Jamás lo pretendí. Jamás deseé apartarlo de su misión, de su tarea, de la voluntad del Padre, que El decía.

Pero te engañaría si no te dijera que quedé tocada por El.

Me enamoré como me imagino que le pasó a tantas mujeres que le conocieron.

También me sentí muy amada y correspondida. ”.

“¿Quisiste formar una familia con El?”, me preguntó con total claridad.

“Ya sé que a algunos le costará entender mis sentimientos, pero los sentimientos no se razonan, se tienen o no y los míos, te aseguro, que fueron totales, plenos, abarcaban toda su persona, toda mi persona.

Yo no sé sentir de otra forma.

Le amé como mujer, le amé como amiga, le amé como hermana, le amé como si de un familiar se tratara, y le amé con todos esos amores juntos y todos los que puedas imaginar.

Me da igual lo que diga la gente o las calumnias que circulen sobre mí. He comprendido que el amor no hace distingos, que se apodera de ti, te invade como una nube y no quieres salir de ahí y aunque quieras tampoco puedes.

Mi amor tampoco tenía envidia ni sentía rencor ni era celoso, transcendía nuestros cuerpos, ni si quiera pretendía poseerlo.

Solo quien haya sentido ese amor grande como un arco iris maravilloso podrá entenderlo. Los demás lo ensuciaran, lo manipularán, lo desvirtuarán”.

Mis palabras corrían libres y sin ninguna pereza.

“¿Y qué pasaba cuándo se iba de tu lado?. ¿Y cuándo le asesinaron?”, continuó preguntando María, la madre.

“Su ausencia se me hacía dura. Espero que no te extrañe si te digo que desde que le conocí nada deseaba con más intensidad que tenerle cerca, que sentir su aroma junto a mi y su calor y su ternura.

No te desvelo nada si te digo que era un hombre muy cariñoso, pródigo en afectos y caricias.

La nostalgia de sus despedidas se me hacía como un desierto árido e inhóspito, más grande que el Negueb, pero nunca le pedí que no se fuera, que yo conformara toda su vida.

El día que le mataron, estando a tu lado junto a la cruz maldita que levantaron los romanos, le pedí al Padre del cielo que me mataran con El, que me crucificaran con El, que yo no quería vivir sin El, porque iba a ser insoportable.

¡Qué largos se me hicieron los tres días que siguieron a su asesinato..!.

No me puedo olvidar de esa mirada que nos tendió a las dos desde la cruz, llena de amor, de enamoramiento, de afecto infinito, de cielo!”.

“¿Y ahora qué sientes?”, fue su última pregunta.

“Desde que El se hizo el encontradizo no pude continuar mi oficio.

El no me pidió que lo dejara, pero yo fui incapaz de abrazar a más hombres, incapaz saciar apetitos ajenos, porque mis deseos se hicieron luminosos, como estrellas incapaces de vivir desde el barro de la tierra.

Cuando estoy sola y su recuerdo se me viene encima como la noche cada día, le siento, María, le siento tan dentro de mi, que no me atrevo ni a decirlo. ¡Es como hacer el amor con Alguien maravilloso desde el alma entera!. Me basta cerrar los ojos y verle ahí, como un latido de mi corazón, como un suspiro de mi alma.

A veces me pellizco y me digo si lo mío no será una alucinación, pero esa paz que me provoca, esa dicha de me inunda, esa armonía silenciosa, me dice que es verdad, que es El, que me posee, que me desborda.

¡Que vive en mis sueños, en mis ojos, en mis manos, en mis palabras, en mi sexo, en los versos que desde hace tiempo me gusta escribir!.

Pensarás que estoy loca y yo creo que sí, que estoy loca de amor.

Amor declarado. Amor entregado. Amor sin sexo pero de carne y hueso. Amor aquí y ahora, pero que va más allá del tiempo y del espacio.

Hoy su cercanía es más fuerte que su ausencia. Cuando al tercer día fuimos al sepulcro y lo encontramos vacío, mi corazón me gritó por dentro: “Es verdad, lo que decía es verdad, lo que me amó y me ama es verdad, su ternura con todos y con todas también es verdad y es verdad su vida, su utopía, su Padre también es verdad y es verdad también el reino de la dicha y del encuentro”.

Daría por El cuánto me pidiera: mi cuerpo, mi alma. Mi cielo, mi infierno. Todo por El, porque El me hizo sentir una joya, una persona inmensamente valiosa y una mujer amada y amante”.

Desde aquel día las dos Marías se sintieron unidas como nunca, con la sensación de que sus vidas eran regadas por la misma agua y discurrían por el mismo surco. Volaron los mismos cielos, con las mismas alas, con los mismos amores, inconfesados, inconfesables.

 

Enviado por Valentín Turrado.

viernes, 26 de marzo de 2010

"UN DOBLE VIAJE" I PARTE

Salimos de la casa de renta en la calle Salvador Allende, aunque todo el mundo la conoce por Calle Reina, en Centro Habana. Mi amiga Piki estaba como un niño con zapatos nuevos y verdes, porque ella siempre viste de verde. No sé muy bien si es por su origen rural, por conservar un carácter esperanzado y joven a pesar de su madurez bien llevada, o porque "para el gusto se hicieron los colores".

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Rebosaba de alegría y vitalidad por todos y cada uno de los poros de su piel aquella tarde de un tórrido día de agosto del 2008. Pensábamos atravesar Cuba a lo largo de su silueta bananera, o sea, de occidente a oriente y para ser más exacto de La Habana a Santiago de Cuba.

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De puntillas y al borde de la acera mi amiga Piki levantó su mano y su voz pidiendo un "bicitaxi" que pasaba por la acera de enfrente. Esos vehículos de transportes son unos artilugios de tres ruedas, híbridos de bicicleta, triciclo y discoteca ambulante. Llevan bajo el asiento de los clientes un equipo de música muy bien pertrechado y adornado de colores y fotos de cantantes para disimular la batería de coche que les sirve de alimentador eléctrico a la discoteca.

Montamos al artefacto rodador con dirección a la terminal de ferrocarriles de la Habana. El taxista, un hombre de mediana edad, bajito pero fuerte y con una musculación de hierro en las piernas, pedaleaba a ritmo de la melodía que estuviese sonando en el momento, claro que él con un gran sentido práctico, iba cambiando las músicas según ascendiese o descendiese las calles. Para las subidas boleros, para las bajadas casino, que es como los cubanos llaman a su salsa musical.

Estuve a punto de no subir a esa cosa tan chica, de tan poco lugar, con lo espacioso que se va en las "maquinas americanas" pre-revolucionarias, que aún hacen funcionar los cubanos no sé por qué arte de magia mecánica. Pero como me había propuesto no crearle ningún tipo de problemas a mi querida amiga, le dejé toda la iniciativa durante el viaje, era un viaje en su honor, tenía que ser a su gusto, y su gusto consistía en vivirlo a lo cubano, como mandan los cánones revolucionarios, nada de privilegios turísticos. Durante el trayecto, cada vez que el susodicho artefacto cogía un bache, y las calles de La Habana están llenas de ellos, una maleta, caja o bolsa, decidía abandonarnos.

-¡Pare, pare! - gritaba mi amiga al triciclista que continuaba ensimismado dándole a los pedales al ritmo de salsa o bolero según correspondiera en ese momento.

Por fin llegamos a la estación un poco magullados, nosotros y las valijas. La estación tenía un aire colonial, decadente, como toda la parte histórica de la ciudad, dando la impresión al viajero cuando llega, de haber sufrido un bombardeo la semana anterior. Entramos a un gran vestíbulo donde se hacinaban cientos de viajeros en estado de espera. El calor era insoportable, no tanto por la temperatura de 38º, según marcaba un panel informativo situado al fondo de la sala, sino por la humedad relativa del aire de 85%, según marcaba el mismo panel de manera alternativa. Los nativos lo soportaban con el mismo estoicismo que soportan al Régimen, con resignación y una toallita diminuta para secarse el sudor.

La gente se dividía en dos grupos, los que esperaban sentados sobre unas bancadas de plástico negro, colocadas en formación militar, mirando hacia unos televisores que les lanzaban consignas revolucionarias alternadas con telenovelas brasileñas o Venezolanas, y por otro lado estaban los que hacían colas interminables. El resto eran niños que correteaban por los pocos espacios libres o policías de servicio.

Se respiraba un olor espeso a humedad y sudor. Todo el mundo parecía saber lo que hacía allí o lo que debía hacer, menos nosotros. La información que sobraba referente a la temperatura y humedad ambiental, que era fácilmente comprobable por nuestra piel, faltaba en el servicio de salidas y llegadas de la estación. Mi amiga iba de acá para allá intentando sacar alguna información sobre el lugar de salida de nuestro tren, la hora no, pues sabíamos por el billete que era a las 19 en punto. Yo esperaba con paciencia y cierta desazón junto a los bultos. Nos debió ver en este estado uno de aquellos guardias de la Revolución que pululaban por allí, se acercó a mi amiga que era la que le quedaba más cerca para preguntarle:

- ¿Tienen algún problema, les puedo ayudar en algo?

Piki dibujó una sonrisa de oreja a oreja en su cara, como si se le hubiese aparecido un ángel, pero sería en este caso uno de los ángeles de Machín, porque era un mulato uniformado de rompe y rasga. Como ella parecía no salir de su "experiencia religiosa", según se adivinaba en la expresión de su cara, y como entró en una tartamudez paralizante, tuve que ir al quite por la cuenta que nos tenía.

- Pues sí, no sabe como se lo agradecemos. El problema es que no encontramos información sobre el andén de salida del tren de Santiago y ya faltan veinte minutos para su partida.

- ¿Tendrán ustedes el boleto? me dijo.

- Si, si, mire, le contesté a la vez que se lo entregaba para que lo examinara.

- ¡Pero si no lo tienen confirmado!

- ¿Cómo? Lo compramos hace dos días y nadie nos dijo nada sobre que hubiese que confirmarlo.

- En nuestro país antes de montar en un medio de transporte hay que confirmarle a dicho medio de transporte que se sigue queriendo hacer el viaje, de lo contrario no les dejarían subir al mismo. ¡Miren! esa es la cola de confirmaciones.

Yo no sabía qué hacer, pues mi amiga Piki no se daba cuenta de la situación, seguía con su "experiencia religiosa" mirando al angelote de Machín, y yo la única experiencia que había tenido sobre confirmaciones fue ante el obispo, en la parroquia de mi pueblo, a los catorce años. La cola era tremenda, la más larga de todas, llegaba hasta la puerta de salida de la estación. Yo ya pensaba que no había solución, nos quedábamos en tierra, seguro, ya no valía la pena intentarlo, esa cola era por lo menos de hora y media.

De repente el apuesto guardián de la Revolución se dirigió hacia el inicio de la interminable cola revolucionándola por completo. Se colocó el primero sin hacer caso del enfado generalizado que provocó, y si alguno levantó algo más la voz le hizo un ademán de extracción de porra y se silenció de momento.

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Mientras tanto yo le decía a mi amiga:

- A nosotros nos está solucionando la vida pero ¿No te parece un tanto injusto lo que está haciendo?

- Bueno, no tanto, si lo miras desde el punto de vista de que nosotros no teníamos información y los nativos sí, entonces eso nos convierte en la parte débil y la Revolución siempre está de parte de los débiles.

Yo ante argumento tan contundente sólo pude contestar:

-Si tu lo dices, que eres la experta en revoluciones...

El guardia nos llevó a una zona del vestíbulo más privada, tras unas columnas, para entregarnos los boletos confirmados. Se los entregó a Piki, después nos dijo donde se encontraba la cola de embarque de nuestro tren.

Ahora el que sonreía era el guardia, miraba unas veces para mí y otras para mi amiga, como los perrillos cuando esperan la golosina de manos de su dueño.

Como no se marchaba y ya nos habíamos despedido dos veces y otras tantas le habíamos agradecido su gesta, yo que soy más prosaico que mi compañera de viaje la mandé adelantarse con las maletas y así aproveché para despedirme una tercera vez, pero en esta ocasión mi mano portaba un billete de diez pesos convertibles. Él con un resorte en su mano, habiendo soltado la mía, la introdujo en su bolsillo y se marchó por donde había venido.

Decidí no comentarle nada a mi amiga. ¿Para qué desilusionarla?, seguramente no me creería, y si lo hacía me diría:

-"En todas las familias hay un garbanzo negro, y los suele haber porque hay personas como tú que los corrompen. Así que decididamente era mejor dejarla de momento con su idilio estético-revolucionario.

Relato de Rafael de Tena.

sábado, 6 de marzo de 2010

La esperada y necesaria revolución

 

A Justi este mundo no le gustaba ni una pizca. Era de los que pensaban que el agua siempre corre para abajo y que a los perros flacos todas las pulgas se le arriman.

Pero, ¿por qué tenía que ser así?. “Porque siempre lo ha sido”, le decían los mayores. “Pero las cosas pueden ser distintas”, insistía una y otra vez él.

Y tanto insistía a los demás que se lo acabó creyendo: “es posible un mundo de humanos, donde nos miremos a la cara como iguales y todos podamos realizarnos según nuestras posibilidades y capacidades”.

Leyó a gente como Carlos Marx, Bakunin , Roger Garuady y Ernest Bloch y en sus libros no encontró un mensaje nada diferente al de la primitivas comunidades cristianas, de las que habló Pablo de Tarso.

Se metió en un movimiento de Iglesia progre, de esos que apoyaban a Tarancón, al Obispo Iniesta , al movimiento no violento de Lanza del Vasto y se familiarizó con las comunidades de base. Creyó en la transformación desde dentro de la Iglesia y se desvivió por ello, dedicando días, semanas y varios años enteros a la causa del Reino. “Un eunuco por el Reino”, se decía en los ambientes parroquiales del barrio. Cuando recibió el aviso del Vicario Episcopal de que su lucha era política y que estaba haciendo un flaco favor a la comunión eclesial, después de sentir en la boca de su estómago un golpe bajo, decidió dedicarse de verdad a la política, ante la verborrea de la tanto sermón hueco y la lejanía de tantas sotanas del mundo real.

Apostó por el sindicato de clase. Asistió a sus reuniones, asambleas y organizó desinteresadamente un sin fin de protestas callejeras. En medio de tanto deseo de “ser un liberado”, él nunca aceptó eso que internamente se llamaba “prebendas” porque decía que al mundo obrero se viene a servir, a sacrificarse, a mostrarse como hombre nuevo y no a aprovecharse. Cuando vio dentro lo que nunca esperó ver y lo denunció en los medios de comunicación, le abrieron un expediente por “desacreditar públicamente la lucha sindical”.

Decididamente se metió en política partidista.”Desde ahí si que se podría cambiar las cosas y hacer un mundo más justo”, pensó. Trabajó con las ONGs y puso en marcha proyectos hermosos y saludables, de esos que dejan el corazón esponjado y dan a los ojos un brillo de satisfacción. Desde su puesto de concejal de participación ciudadana vislumbró un mundo de posibilidades a explorar. En el consejo que puso en marcha escuchó a la gente, fomentó el debate y la complicidad con las cosas de todos y soñó, soñó mucho con sus sueños lindos de antaño. Le ofrecieron medrar en el Partido, pero él tenía bastante con crear un pequeño espacio solidario y participativo. Mas que echarle, se acabó marchando él. Se fue cuando el equipo de gobierno votó a favor de aquel proyecto especulativo que él en conciencia se negó a apoyar. Entregó el carné y su acta de concejal porque su conciencia ética de soñador de mundos de justicia le impidió sumarse al carro de los vencedores, aunque esos vencedores se llamaran de izquierdas.

Y ahora qué, se dijo, una y mil veces. Y le llegó la crisis, esa por la que todos tenemos que pasar. “Es una depresión endógena”, diagnosticó el psiquiatra.

Durante dos años largos ni pudo ni quiso trabajar ni menos aún soñar. Se dejó llevar por las pastillas, el consumo reprimido durante años y la locura de las juergas nocturnas con sus borracheras hasta las tantas. Y ,en los largos ratos de soledad y desesperación, lloró, lloró como lloran los niños cuando se enteran de que el ratoncito Pérez son los propios padres y su mundo ideal se le viene abajo y creen que las cosas que le han dicho los mayores son todas mentiras. Mentiras los Reyes Magos. Mentiras lo que pides cuando en cada cumpleaños pides un deseo. Mentiras todos los deseos, ideales y utopías. Mentiras las palabras altas y elevadas como justicia, igualdad y bondad.

Justi perdió los motivos para vivir que hasta entonces tenía y dejó de creer en la revolución de los parias de la tierra.

¿Qué es lo que ha fallado?, gritaba una y otra vez en sus largas noches de insomnio.

Aunque parezca mentira, acabó encontrando respuestas, no se sabe si caídas del cielo o del infierno o surgidas de su propia necesidad sicológica de superar la zozobra.

- La revolución o el reino, o el nombre que cada uno ponga a sus mejores sueños de sociedad, no es posible con nuestros viejos rencores, resentimientos, rabias, malas hostias, injusticias. Así se revoluciona la tortilla, pero no se crea nada duradero. Solo de tripas nuevas saldrán estómagos nuevos.

Y se dedicó desde entonces a ser él así, creando nuevos espacios de concordia y salud dentro de sí mismo, que hicieran posible e inevitable un día lo esperado durante siglos por millones de seres humanos. Descubrió que el error de su vida había sido pretender hacer un cesto nuevo con mimbres carcomidas.

Aún así, lo de todos , siempre le siguió tirando.