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domingo, 14 de abril de 2013

MI TODO SER

 

Ese rincón de luz en el que habito,

ese espacio de ternura casi infinita,

esos ojos abiertos, atentos,

esas manos listas, despiertas,

ese lado amable, sincero, locuaz,

esa partecita creadora y elocuente,

ese camino poblado de flores amarillas,

esas honduras que quisieran vivir en el alma,

esa pasión que enciende vida, salud,

hogueras de esperanza,

esa mirada más allá de cualquier pórtico,

dulce, sosegada, desveladora,

esos seres que a mi lado volvieron a reír,

ese Profesor Jekyll sabio y humano,

acojo.

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Esos deseos que por pudor me callo,

esa tristeza grande como un mar,

ese vacío emocional que es el mismo infierno,

esa imperiosa necesidad de gritar: ¡Eh, estoy aquí!

y que tú me oigas,

me digas cosas lindas,

ese amor siempre bebido a sorbos,

esas sombras negras que me persiguen

y de las que huyo como un loco,

ese anhelo de estar en todas las películas

y ser la estrella de todo firmamento,

ese Mr. Hyde feo, encorvado, insidioso,

ese niño pequeño herido, balbuciente,

lloriqueando miedo y frío,

esa gula porque me reconozcas

y me consideres,

también acojo.

Podría confesarte más cosas,

éstas, por hoy, bastan.

Valentín Turrado Moreno

Voluntario del TE

lunes, 25 de febrero de 2013

MI VIDA ES UNA PELÍCULA EN BLANCO Y NEGRO

 

(Relato perteneciente a la colección de “relatos telefónicos”, “Bebiendo lágrimas”.Hacemos constar que es totalmente ficticio y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

  • ¿Teléfono de la esperanza, verdad?. Miré por internet el número y aquí estoy, entre nervioso y asustado. Siento algo de vergüenza. No sé si es algo habitual.. No soy un hombre acostumbrado a confidencias. Desde pequeño me educaron para guardarme mis cosas, sobre todo para ocultar mis sentimientos. Es debilidad exponernos, me decía mi padre, mientras quebrantaba terrones, mejor callarlos, si los guardas es como si no existieran. Con el paso del tiempo he comprobado con congoja que mi padre no tenía razón. ¿Sabe por qué?. A mi me han explotado todos juntos dentro, como una bomba asesina y han quedado esparcidos a trozos a lo largo y ancho de mi vida. Estoy herido y desmadejado... Desde hace un par de semanas no paro de lamentarme... y esto es algo nuevo en mi..

  • ¿Qué te acongoja?

  • ¡Que qué me hace…!. En estos momentos todo y cuando digo todo es todo, como si nada a mí alrededor se salvara o estuviera a flote. Tengo cincuenta años. Hace cinco que se murió Nati, mi compañera, en un cáncer de huesos fiero, horrible y me quedé con mis dos hijos. El mayor con 16 años, la pequeña con 11. Yo nunca me había encargado de la educación de los niños. Lo asumía ella: los estudios, las visitas al médico, las charletas con los tutores... ¡Bastante tenía con trabajar de sol a sol y sostener a la familia!. Soy uno más de esos autónomos que les cuesta llegar a fin de mes. Ahora ya no llego, más bien me ahogo entre créditos sin pagar y trabajos que no salen adelante. Primero tuve que echar a los dos empleados que tenía, no sin pesar y sin angustia. Ni para mi hay curro ahora. He decidido echar el candado y no sé qué pasará... ¡Qué horror!...

  • ¿Qué ideas pasan por tu cabeza?. ¿Te apetece verbalizarlas?.

  • ¿Ideas?, me dices. Muchas, muchas... y.. todas malas. Espantosas. Penosas. ¿De verdad que quieres oírlas?

  • Si a ti no te importa...

  • No sólo no me importa, es que lo necesito. Me vendrá bien ventilar mi cabeza. Mi cerebro es un tornado como esos que aparecen por la tele y arrasan con todo lo que encuentran: árboles, casas, tierras, postes de luz... Eso es lo que brota en mí. Todas son destructivas. Hediondas. Mi vida es un desastre, una hecatombe de ruinas, miserias y errores. Como una Pompeya arrasada por la lava. ¡Si al menos ella estuviera!. Siempre nos entendimos. Teníamos repartidas las funciones: yo fuera de casa, ella dentro. Nuestra relación era noble. Agradable. Se ha ido al garete. Todo es negativo. Soy un fracasado a todos los niveles. Mi negocio de toda la vida se ha ido a pique y no sé cómo levantarlo. Mis hijos están distantes, lejanos, no me quieren. ¿Usted sabe lo que es eso?. ¿Tiene hijos?. Oiga, no me quieren. Pasan. Me desprecian. La única solución que veo es desaparecer, tirarme a un tren y olvidarme de que he pasado por aquí. No hay salida. Esto es peor que el infierno.

  • ¿Y toda esta situación te hace sentir...?

  • Deprimido, angustiado, insomne, fracasado, hundido. Me siento como ese barco - ¿cómo se llamaba?, sí el que se hundió frente a las costas gallegas hace unos años.., ya, ya me acuerdo, el Prestige – que naufragó e inundó de chapapote playas y marismas. Soy un Prestige que hace agua por los cuatro costados. Siento que no tengo arreglo, salvo alejarme del puerto y dejarme hundir, hundir... Tal vez sería lo mejor, introducirme más y más en mi desaliento y abandonarme, caerme en el abismo sin paracaídas, sin red.. El psiquiatra me ha recetado pastillas para la ansiedad, pastillas para la depresión, pastillas para dormir.... ¡A la mierda tantas pastillas!. ¿Es que las pastillas me van a devolver a mi mujer, van a provocar que los críos se acerque a mi y me digan “papá, gracias por todo lo que has hecho por nosotros, te queremos, no abandones, por favor, aunque sea por nosotros”, van a pagar las deudas que ha dejado mi negocio destruido?.

  • Comprendo como te sientes y lo dolorosa que es tu situación. Cualquier persona en tu lugar estaría también tocado..

  • Oye, gracias. Me hace bien saber que me entiendes, como que me alivia un poco.. ¿Puedo llorar?. ¿Te molesta?...

  • No me importa..

  • ...¡Dios! ¿Y por dónde empiezo ahora?... ¿Cuál va a ser mi primer paso?... Si he llamado, sabes, es porque busco algo de luz, de esperanza... ¿Qué me puedes decir?

  • Que me alegra escucharte que buscas luz… ¿Qué cosas buenas hay en tu vida?. ¿Hay algo que te agrade?.

  • Aunque mi vida parece una película en blanco y negro, también hay algo de color, alguna cosilla saludable...

  • Por ejemplo.

  • Mi familia y la familia de mi mujer se han reunido para echarme una mano en esto de las deudas, me dicen que entre todos podemos salir adelante... El crío mayor el otro día me confesó que si quiero que deja los estudios y trata de buscar algún empleo.. La chavala preparó el domingo la comida para los tres..

  • Me alegro.

  • Creo que exagero un poco. Lo mío es duro, desagradable, pero no tiene porqué ser el fin del mundo, el holocausto de Berlín que a veces imagino.. ¿Qué las cosas están jodidas?. Pues sí, pero no tiene porqué ser el acabose. Sí, me suicido, ¿y qué?. ¿Y los críos?. ¿No es un poco huir y dejarme vencer?

  • ¿A ti que te parece?.

  • Mira, por las noches es cuando siento más desazón, como si tuviera frío por dentro y por fuera. Cuando estaba Nati, a ella le gustaba poner sus piernas encima de mi barriga y así nos quitábamos dormidos la mayor parte de los días. Desde que ella se fue no quito el frío. Estoy helado. Necesito guantes y por las noches duermo con patucos, como tantas mujeres dicen que hacen. Me cuesta hasta confesártelo...

  • Ande yo caliente...

  • Sí, sí, tienes razón. Mira puesto a desnudarme, te voy a contar un secreto. Espero que no te rías o que pienses que estoy trastornado. Los días en que he estado peor y en la cama daba vueltas y vueltas, el corazón se me aceleraba y la noche era sombría y angustiosa, me parecía que Nati estaba allí y me hablaba. Me decía cosas sencillas, pequeñas, que a mi me emocionaban, me tranquilizaban, cosas como que “Paco, no te rindas, yo estoy contigo, te amo, te quiero...”. Disculpa, tengo un nudo en la garganta, me cuesta hablar...

  • Llora tranquilo..

  • Es verdad, me he emocionado... Te lo juro, no estoy loco.. Era ella. Su voz. Sus brazos. Su calma. Siempre fue muy sosegada, muy calmosa, hasta para hablar parecía que masticaba las palabras. El día que se murió, me dijo de despedida: “Paco, has sido lo mejor que me ocurrido...?. A mi también, sabes….¡Joder!... No consigo olvidarla. Estaba en los huesos, su voz era un hilo apenas perceptible, pero me dijo esas ocho palabras, Las pronunció antes de dormirse para siempre… ¡Cómo deseé irme con ella!... Disculpa, estoy.. hoy más que... ¡Qué duro!...

  • Yo también me estoy emocionando. Qué bonito es que la recuerdes con tanto cariño y que escuches en la noche palabras tiernas, de ánimo. ¿No será que sigue viviendo dentro de ti?.

  • Será, será... Oye, ¿no estoy pirao, verdad?.

  • No, no... A mi huele más a cordura, a sabiduría interior.

  • Nunca había hablado de esto. Ni al psiquiatra. Me daba miedo de que me empastillara más aún y me internaran en un..

  • ¿Cómo te sientes ahora?

  • Respiro mejor. Como si se me hubiera quitado un peso de encima. Es una sensación de alivio. Se parece a un sueño atractivo, bonito. Siento que nada va a ser fácil, pero saber que no estoy trastornado y que la voz de Nati va a seguir ahí dándome calor y sosiego me reconforta. Quiero dialogar más con mis hijos. Escucharles. ¡Ojalá sea capaz de contarles algo de lo que yo siento...!. Recuperarlos. Volver a ser una familia.

  • ¡Ojalá!

  • Oye, ¿esto como se paga?. ¿Tengo que mandaros un regalo o algo?

  • Ya está pagado. ¡Si supieras el bien que me has hecho...!

  • Gracias.

  • Adiós.

Febrero de 2013

Valentín Turrado Moreno

Voluntario del TE

sábado, 9 de febrero de 2013

He vuelto a casa

 

Se me fueron de la boca las u

últimas palabras.

Se quemaron en mi garganta

en un incendio intencionado.

Hasta tu nombre cálido se vio envuelto en llamas,

en cenizas.

Ando aturdido, extrañado de mí,

como un vagabundo sin ruta ni posada.

Me he quedado, sabes, sin ayer.

Mi pasado se perdió entre la hoguera.

Mi futuro, incierto, no sé cómo llamarlo,

algo así como que no existiera.

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Ya ves, no sé decir las cosas que antes tenían nombre.

Voy dando tumbos hablando con los ojos,

poniendo tíldes con mis manos,

calor con mis labios y mis mejillas.

Cansado de que fuera no me entiendan

he empezado a hablar conmigo mismo,

en un soliloquio amable, entretenido,

de palabras sin voz, de piropos sin letras.

¡No sé tantas cosas de mi

que me quedo embobado escuchándome,

como un niño que descubriera los rastros de un tesoro!.

Ha sido el silencio el que me ha devuelto a casa,

a paredes de colores,

a muebles de madera.

He vuelto a pensar que estaba en la estación donde me dejé

la última vez que cogí el tren.

Con mi fe incrédula

confieso que el poeta avistó verdad:

quien habla solo espera hablar a Dios un día.

Valentín Turrado Moreno

23-01-2013

lunes, 28 de enero de 2013

¿Qué te está pidiendo tu cuerpo a gritos?

(Relato perteneciente a la colección de relatos telefónicos “Bebiendo lágrimas”

Hacemos constar que es totalmente ficticio y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Iñaki, ya sé que estás cansado, que el día ha sido duro, intenso y, en ocasiones, hasta oscuro. Si puedes, no te duermas, mientras me desahogo y te desbrozo mi alma. Tú que conoces todos mis rincones y eres quien más me sufres, trata de hacer un esfuerzo. No cierres los ojos, por favor. Hoy ha sido un día significativo y quiero que lo sepas.

Amanecí echa una piltrafa, una especie de escoria abandonada en cualquier vertedero, un destrozo. Ya sé que no es algo nuevo y que te estás acostumbrando verme decaída, apenada y sin arreglar. Conoces los entresijos de mi personalidad por ti, por nuestras frecuentes confidencias y por las charlas del psicoterapeuta y del psiquiatra. ¿Te acuerdas cuando nos dijeron “esta enfermedad va a ser dura para los dos, para el que la padece porque todos los días le parecen feos y para el que la acompaña porque se va a sentir impotente, casi como un inútil al no saber o no poder hacer nada, nada”?. Y así ha sido. Oscura, dura, amarga, cruel. Nos ha dejado a los dos sin apetito para degustarnos, para saborearnos y amarnos. Si no soy yo, las más de las veces, eres tú, desvalido e impotente, el que apaga la luz de la mesita y musita un hasta mañana tímido y desangelado. Serán los antidepresivos y los ansiolíticos que hacen decaer la libido, aunque la nuestra, hablo por mi, hace tiempo que está ausente. Y no es que no te quiera o no valore lo mucho que cada día haces por mi, es que permanezco seca, sin ganas de beber en las aguas del deseo. Ya sé que lo comprendes y agradezco infinito que no fuerces, que no me obligues a insinuar una jaqueca horrible. A mi no me hiere que tú busques tus propios desahogos .

Cuando esta tarde vino la niña a decirme: “mamá, vente con nosotros a ver la cabalgata, que hoy vienen los Reyes Magos”, y yo le contesté: “mi amor, no puedo, estoy enferma, papá te lleva”, ella se quedó llorando y sus lágrimas se confundieron con las mías, me sentí arrasada por un tsunami de penas y tormentos, estaba hablando con el Teléfono de la esperanza, como antes te había sugerido: “necesito hablar con alguien que me escuche y me entienda, alguien que no trate de arreglar mi vida o compadecerse de mi”. El que me escuchaba al otro lado de la línea se conmovió al enlazarse mi pesar con los pesares de la niña. Lo oyó todo. “Te comprendo, se me hace cercano tu dolor grande y hondo”, y calló, calló para yo siguiera llorando y la niña diera su portazo de rabia y gritara su lamento: “mamá no me quiere, mamá no me quiere..”. ¿Cómo hacerla entender a Paula que su mamá si la quiere, pero le faltan fuerzas para vestirse y acompañarla a la fiesta a la ilusión, si ella está rota de desaliento y se muere de ganas por desaparecer?. Para una niña de tres años es incomprensible que su mamá quiera morirse.

Iñaki, abrázame, anda, tengo necesidad de tu consuelo, de tu calor y cobijo. Sí, así me he sentido al hablar con alguien que no me parecía desconocido. Tuve la sensación de que me conocía desde hace años, por la forma suave y tranquila en la que entró en mi vida: “no te importe llorar..., date el tiempo que necesites..., no hables si no deseas hacerlo, que el silencio es poderoso...”, era como si me estuviera acariciando con sus palabras, algo similar a masajes lentos, relajados a través del lenguaje facilitador; que no te parezca mal lo que te digo, en su voz no había flirteo ni guiños para quedarse conmigo, era algo más vivo, interior, sereno, como cuando tú y yo hemos disfrutado contemplando la puesta del sol en la serranía, estando sana y era capaz de vestirme con las sensaciones armoniosas de la naturaleza. Sí, le hablé de ti, de Paula, de vuestro cansancio y sobre todo de mis penas. Le escribí como en un encerado la larga lista de las cosas que me ponían triste y cuando creía que había acabado, me susurró: “¿Hay alguna otra cosa que te impida ser feliz?”. Sin darme cuenta surgió una nueva cascada de frustraciones, desánimos, apatías. Que parece que todo me pone triste y mi mundo está empañado, salpicado por un vendaval de arenas del desierto, que te ciegan los ojos, te oprimen las manos, te agarrotan las articulaciones y tu mundo parece ser inmensamente finito entre la cama y el sofá. Ahogada, ahogada, ese es mi sentimiento más cotidiano; por eso acostumbro a subir un poco la cabeza hacia arriba para tomar aire y lo único que respiro es más ansiedad. Son tantas las cosas que me deprimen que apenas fui capaz de hacer una breve lista de las que me alegran y dan vida. Como si no las hubiera o yo no fuera consciente de ellas. ¡No lo tomes a mal, cariño!

Le desgrané mis visitas al psiquiatra y su diagnóstico negro, pesaroso: “Presenta usted un cuadro de dismorfofobia que consiste en una cierta incapacidad para su apreciar su aspecto físico, agrandando sus defectos reales o inexistentes. Es algo parecido a la anorexia. Necesita un tratamiento que va a durar tiempo”. Cansada del tratamiento, ante la inutilidad de la operación de nariz y la implantación de botox en los labios, decidí recorrer los caminos de la psicoterapia y en ella estoy. Al otro lado del auricular me escuchaban con atención, como con un esmero especial, con las mínimas preguntas; a veces parecía que sin verme dialogaba conmigo a través de la respiración y de breves expresiones, como “ah, si” o “ya” o “um..”, algo simple, pero muy sabroso. No quiero decirte que lo hicieran así porque fuera yo, lo harán con todos, pero yo me sentí que esa tarde el Teléfono de la esperanza era para mi, sin límite de tiempo, y que en aquel momento mi mundo se embebía en una atmósfera de paz, tranquilidad y sosiego.

Bésame, Iñaki, bésame. Sentirme escuchaba, atendida, valorada, comprendida, es algo así como cuando tú me miras con afecto, con ternura y los dos nos sentimos uno, como integrados. No me es fácil explicar la sensación que su voz y sus escasas palabras me han dejado en el pecho. Es como si mi capacidad de respirar se hubiera ampliado y mi ataque de ansiedad se hubiera transformado en un vado de quietud. ¿Sabes que me ha aportado este largo diálogo de casi dos horas?. Saber que puedo estar bien, sentirme bien, calmada, sosegada. Eso, sosegada, como en los versos de Fray Luis de León y sin tener que retirarme del mundanal ruido, yo que soy tan propicia para aislarme y recogerme en mi refugio, donde no estoy expuesta ni soy comparada. Un día dejaré atrás esta depresión que me atolondra, me humilla, me desprecia, me ahoga, como te contaba antes. Vivo arrodillada, pero puedo llegar a vivir de pie, como decía el Che, ¿te acuerdas?

Lo confieso abiertamente, el no haber sacado las oposiciones después de unos cuantos intentos, seguir a mi edad con el trabajo de interina, hoy aquí y mañana allá y pasado vete tú a saber, el desprecio de mis compañeros de profesión porque tú no tiene un trabajo estable como ellos, un trabajo que te posibilita dar dos taconazos en el suelo y abrirte camino con seguridad y entereza, el verme fallos en mi cuerpo por cualquier punto en el que centre mi atención: mis ojos podrían estar más achinados, mis labios ser más carnosos, mi cuello más esbelto y espigado, las cejas más atrevidas, los pechos más llenos y tersos, la barriga más plana y firme... Podría ser más perfecta, una superwoman y sin embargo, estoy como estoy. ¡Ojalá fuera Penélope Cruz y estuviera al frente de una gran bufete de abogados, se me acabarían todos los problemas, porque les obligaría a todos a aplaudirme, reconocerme, tratarme con más respeto, a besar el suelo por donde piso!. Iñaki, él dejó que me explayara y diera a luz todas mis alucinaciones y todos mis delirios - ¡que los hay!- y cuando ya no tenía más ensoñaciones, me insinuó: ¿Si fueras una gran artista o una profesional de reconocido prestigio ya serías feliz?. Me pidió que no contestara, que esperara un poco , dejando un espacio al eco interior y que la respuesta me resonara desde el cuerpo, desde mis propias entrañas. Me salió un NO redondo, claro, gigante, extraño, sorprendente. ¿Entonces...?, me insinuó.

Le hablé de la crisis, de los recortes, de las listas del paro, de las mentiras de los políticos con los que a diario trabajo, de lo duro que es que alguien injustamente te sienta delante de un Juez y te lance acusaciones falsas y trate de destruirte... ¡De tantas cosas!. El, como te digo, no trataba nunca de contradecirme, de convencerme, de juzgarme. Escuchaba y me devolvía lentamente la pelota, sin tratar de darme. No jugábamos a campos medios en la que lo importante es golpear con tu pelota al contrario. Aquí no había contrarios. Los dos jugábamos el mismo juego y con la misma portería: a ganar mi vida. Te cuento esto, porque me sentí importante, porque me desveló que soy valiosa, aunque a mi cara le hayan salido un par de arrugas y mi cuerpo comience lentamente a resquebrajarse, que no es de hoja perenne. ¿Y qué?, me espetó con fuerza, es la belleza de lo imperfecto, de lo caduco, de lo pasajero. La grandeza de lo efímero.

No me resultó agradable contarle que me auto agredía y que tenía varias marcas en mis brazos, punzones de rabia, de tensión, de enojo, sí, de enojo contra mi misma. Me removió expresarle que me maltrato, me obsesiono y me azoto a mi misma. “A veces hacemos cosas que nos dañan y nos clavamos nuestras propias o ajenas espinas”, me dijo, “es importante encauzar la ira, sacarla hacia fuera, gritar, chillar, romper, golpear, sin dañar a nadie”. Y yo, tonta de mi, o lista, vete tú a saber, me desnudé completamente, sin pudor, como cuando lo hago contigo: “he estado a punto varias veces de cortarme las venas y poner punto final a esta historia de rechazo corporal y frustración profesional”. ¿Sabes lo que me dijo, Iñaki?. Que era mi vida y que yo tenía que decidir lo que hacía con ella, la madre que buscaba ser para Paula, la compañera que anhelaba ser para ti y , sobre todo, lo que quería ser para mi misma. Me retó, ¿sabes?. Su tono de voz ascendió en esos momentos y se hizo más asertiva, si cabe: “¿Qué te ha ayudado a salir en otras crisis?. ¿Cuáles son tus claraboyas?. ¿Qué te gustaría ser para Paula, Iñaki, para ti?”. Y me animó con rabia, con furia, con palabras grandes y pequeñas, a aceptarme, a quererme, a abrazarme, a besarme, no con un discurso aprendido, sino con palabras sueltas, distendidas, casi con cierto humor. Aunque te parezca extraño me hizo esas sugerencias porque la que se quiere a si misma y se acepta, quiere y acepta la vida. Yo no he sabido quererme, al contrario, cuando me miro en cualquier superficie que me devuelve la imagen me digo: “eres una mierda, una puta mierda, un horror, un sarpullido”. El me habló entonces de una forma solemne, pausada, con autoridad: nada se puede hacer si no te quieres.

Le pregunté por su nombre, - a él ya le había dicho varias veces el mío- por la próxima vez que le podía llamar, por su turno de atención y los grupos que llevaba. Mejor no, me cortó un poco chocante. Mejor así, llama cuando le necesites, alguien te atenderá y te acogerá. “Si me buscas yo acabaré siendo una necesidad para ti y tú, probablemente, acabes siendo una necesidad para mi y eso ni será bueno para ti ni para mi”. ¿Y si me volvieras a ver y la vida nos ofreciera otro par de horas de encuentro, como por aparente casualidad, me volverías a decir las mismas cosas y a escucharme con la misma intimidad, verdad?.

Todavía resuena su voz en mi corazón: ¿A qué te está invitando todo lo que tu cuerpo está sensando?. ¿Qué te está sugiriendo?. ¿Qué te pide a gritos?.

Iñaki, ¿no te molesta si te digo que le pedí un abrazo de despedida y él me contestó que eso si, que eso si estaba dispuesto a hacerlo y que así estuvimos el tiempo necesario para agradecernos mutuamente nuestras confidencias?. Agradezco que no te enceles y que no te enfades conmigo.

¿Qué te parece si hoy...?. ¿No te has dormido, verdad? ¡No sabes cómo te lo agradezco!

Enero 2012

Valentín Turrado

Voluntario del TE

jueves, 24 de enero de 2013

Transcendencia

 

Oigo tu voz en la noche.

Sí, en la noche oigo tu voz,

como un relámpago de amor

o una cascada de luz incierta.

¿Es tu voz, verdad, la que oigo en la noche

o es tan sólo un destello de ansiedad?

No sé a quien preguntárselo

que no me susurre con desprecio

o no me hiera con su silencio.

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Te lo pregunto a ti,

que en la noche oyes mi voz,

¿por qué es mi voz la que tú oyes en la noche

o es tan sólo un espejo de tu necesidad?

Todo va y viene,

en un circulo lapislázuli de complicidad,

en una noria infinita de querer,

aquella en la que nos sentamos a mirar la eternidad.

No sé si eres tú quien se acerca

o soy yo el que te atrae.

¡Qué más da!.

Lo que importa es que estamos los dos en los dos.

Valentín Turrado M.

Voluntario del TE

miércoles, 12 de diciembre de 2012

DE ÉSTA VAS A SALIR

Relato perteneciente a la colección de “relatos telefónicos” “BEBIENDO LÁGRIMAS”. (Hacemos constar que lo que aquí se narra es absolutamente ficticio y que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia)

¡Mabel, Mabel!. Fue su nombre el que esta noche me despertó sobresaltado. Su nombre y sus lágrimas. Sus confesiones al otro lado de la línea entre sollozos y lamentos me han dejado conmovido. Es manifiesto que aún me quedan lecciones por aprender y que las llamadas del Teléfono de la esperanza no las puedo llevar a casa junto con mi portafolios. Además, ¿cómo sabes su nombre?, me preguntarán los sabelotodos de las normas establecidas. “¿No te has dado cuenta de que no se puede simpatizar – cargar con el dolor del otro- con el que sufre?. ¡Hay que empatizar, distanciándose prudentemente del malestar ajeno!”.

Sí, sí, es verdad, tenéis razón. Las llamadas son anónimas, confidenciales, con las que hay que mantener una sensata distancia. Hoy no me dio la gana y quise saltar los límites establecidos, aquellos que marca la prudencia y la cordura. Quise ser insensato. No me juzguéis con acritud. Tan sólo pretendí bañarme en sus lágrimas y saber si eran saladas y amargas. Para curar mi propio dolor. Que lo hay, que lo hay.

Os diré que quedé emocionado, sin romperme. La muerte de su marido hace un par de años. Los desprecios de sus padres: “¡más te valdría no haber nacido!.¡mejor un aborto que tú!,.¡Vete de nuestra vida!”. La distancia obligada de sus hijos. Y esa soledad hiriente, sangrante, hosca, sucia, fea, vomitiva. ¡Dios, como no enternecerse!.¡Cómo no comprender que eso conduce a una depresión casi segura, a un insomnio permanente, a un vacío negro, suicida!. Algunos me dirán que mi estallido emocional se ha debido a mis pesadumbres internas sin resolver y que al escucharlas han hecho de espejo para mí, provocándome sarpullidos en el alma. Nada me cuesta deciros que arrastro residuos dolorosos, malolientes, nauseabundos, que han llenado de incienso putrefacto la habitación en la que escuchaba.

Me contó que escribía su carta de despedida, con un par de renglones ya emborronados de ansiedad: “Que nadie se sienta culpable de mi adiós. ¡Es que no aguanto más!.Mamá, aunque nunca me hayas querido, tú no has sido la causa ni ninguno de mis hijos. Sé que os costará comprenderme...”.

¡Mabel, Mabel!. Me dijiste que te hacía bien oír tu nombre en alto, tu nombre susurrado con calidez, hasta con aprecio y un poco de ternura. Fue por eso por lo que quise saberlo y deletrearlo. Que te transmitía un sorbo de paz y de sosiego. “¿Cómo puedes quererme en la distancia?”, me dijiste. Te dije que no sabía cómo, pero que a veces suceden cosas mágicas, maravillosas, como una especie de milagros y te ves envuelto en una ternura que no elegiste, que es bonita, agradable, inmensamente humana. Algo fuera de lo común.

“¡Bebe, bebe agua, para que podamos seguir hablando y abrir un espacio que no esté encapotado!”. Todos tenemos un cielo delante de nosotros; lo que ocurre es que está oculto, tapado entre nuestros lamentos y nuestros pesares. Un lugar que hay que abrir paso en medio de la niebla, la oscuridad y la pena. Por eso te pregunté por las nubes de tu firmamento, nubes que no fueran de algodón, nubes de colores, de vida, de salud. Ahí apareció tu médico de cabecera y la urgente necesidad de que él te ajustara la medicación y te remitiera a salud mental, sin miedo y sin rubor. También surgió tu vecino, ese hombre atento y educado que siempre te pregunta: “¿Cómo estás, guapetona?. Si necesitas algo no dudes en llamarme”. Amanecieron los resortes internos que en otras ocasiones de zozobra te han servido, tus fortalezas: arreglarte, ponerte mona, salir de casa, decirte mantras lindos al oído, desearte cosas buenas. Como una nube grande, preciosa, se destapó tu fe en un dios pequeño, pero compasivo y todas tus plegarias a borbotones, esas súplicas que siempre te han traído consuelo: “¡Ayúdame, oh Dios, a estar bien!”. Poco a poco el cielo se fue despejando, aclarando, azulando al ritmo pausado de la plegaria rítmicamente repetida, como una oración incansable de Taizé. “¡Ayúdame, oh Dios, a estar bien!”.

Más que una conservación aquello parecía una oración inesperada.

Ya sé que en el Teléfono de la esperanza somos aconfesionales. No hace falta que me lo recuerden los estatutos. Mabel necesitaba a Dios, por eso se lo puse delante, se lo desvelé, por eso y porque su letanía de desahogo le daba calor. Que no todos tenemos las mismas claraboyas.

“¡Mabel, Mabel!”. Sería iluso pensar que un diálogo de algo menos de una hora vaya a arreglar la vida a nadie o a enjugar todas las lágrimas reprimidas.

“Soy servicial, atenta, cariñosa y guapa, ¿sabes?. Siempre me lo dicen todos. Me lo digo yo. Parece que tú mismo te has dado cuenta de ello. Ser así no me ha servido. Tal vez a partir de ahora”.

Le sugerí escribir otra carta. No de agravios. No de olvidos. De posibilidades. Aperturas. Ruegos. Citas. De vida. Una carta que comenzara por: “¡Mabel, de ésta vas a salir!..”.

“Nada más que cuelgue, aunque moje el papel con mi dolor y mis sollozos, lo voy a hacer. Lo voy a hacer. Por mí. Por mí. Por mí...”.

Sí, escríbela por ti y por mí, también. Los estudiosos freudianos dirán que llevo un salvador conmigo y les diré que aciertan. Ya lo sé, ya lo sé... pero que Mabel salga de ésta y despegue, despegue....

“Aunque no sé como te llamas, me quedo con mucho de ti. He sentido que estabas a mi lado hablándome, acogiéndome, amándome.. y que sin conocerme ya me conoces del todo. ¿Eso cómo se llama?. ¡Cómo agradecerte toda la fe que has puesto en mi, toda la esperanza que has despertado entre mis manos!. Gracias, gracias..”

Vuelvo a mis cosas de cada día. A fregar los platos y pasar el aspirador. A escuchar a Alejandro Sanz e Ismael Serrano. A ensayar tímidamente otro poema de luz. A abrir el correo del ordenador. A enjugar mi propia congoja y escribir en mi amable diario. A recordarte, Mabel, Mabel.

Valentín Turrado Moreno

Voluntario del Teléfono de la Esperanza

martes, 30 de octubre de 2012

¿Qué hago yo con lo que siento?

Cuento perteneciente a la colección de relatos telefónicos “Bebiendo Lágrimas”

(Hacemos constar que este relato es totalmente ficticio.Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Parece absurdo, ¿verdad?, a mis años, llamando al teléfono de la esperanza, compartiendo cosas que parecieran de chiquillos. ¿O es que de pronto me he vuelto una adolescente atolondrada que no supiera qué hacer con su ya canoso corazón?. Le encarezco que no me pregunte, porque soy yo la que necesito vaciar mi intimidad sabiéndome acogida y escuchada. Que no es poco, se lo aseguro.

La cosa fue sucediendo lentamente, sin ningún tipo de planificación. ¿Usted sabe lo peregrino que resulta haberme visto sorprendida por una tormenta de afectos inesperados, yo que estoy casada y bien casada y con mis cuatro hijos ya creciditos?. En el verano de este último año, con la fresca – nuestra casa del pueblo reposa sobre una zona de montaña- se convirtió en costumbre salir a la puerta que da a la plaza, para disfrutar la brisa del atardecer. A los pocos días comprobé que a esa misma hora y por ese mismo lugar pasaba, recogiendo el ganado, un vecino de mediana edad que, aunque vivía en Madrid, vacacionaba ese mismo mes ayudando a sus padres ya mayores en las arduas tareas de la labranza. Primero fue un buenas tardes. Más adelante un trago de agua del botijo que llenaba del caño artesiano. Unas flores silvestres. Una parada para preguntar por mis hijos y mi marido. Un gesto de ternura con las dos manos, como a modo de bendición. Una mirada atenta y suave. ¿Quién es capaz de cerrar las puertas a tanta consideración, de no conmoverse?

Quiero que sepa que no pasó nada o pasó todo. Sí, a plena luz y a una prudente distancia. ¿Cómo olvidar aquel poema que me regaló el día diecisiete de agosto a las diez de la noche?. No pretendía embaucarme, lo sé. Creo que no procuraba nada de mí, salvo unos instantes agradables de conservación que no fueran superfluos y amorfos. Me deleitaba cómo movía sus manos y los ojos se le saltaban por los lados de alegría. Al menos eso me pareció a mí.

En el pueblo hay costumbre, cuando ya la noche está a punto de entrar en su lado más negro, hacer una caminata por el camino que acompaña al río en decrecida. Hay varios grupos de caminantes.

“¿Te importa que me una al vuestro?”. Sin darme tiempo a respirar le contesté que me encantaría. ¿Hice mal?..

Fueron veinte días maravillosos. Le hablé de cada uno de mis hijos, de la gran suerte que había tenido y seguía teniendo con mi pareja. El, bastante más joven, me habló de su compañera y de sus planes de futuro. Le aseguro que lo hacía con cariño, el mismo que yo ponía al hablarle de mi gente. ¡Qué encanto ver morir cada día y en esa muerte ver renacer mis propias emociones!. Me enamoré, ¿sabe?... ¿O no?..

Disculpe que me pare...Estoy confundida. A mi edad, con una vida emocionalmente confortable, satisfecha y.. ¡No sé qué hacer con lo que siento!. ¡No sé manejarlo!. ¡Dígame algo, por favor!..

Me resulta extraño que me diga que me entiende. ¿Cómo comprender a una mujer ya mayor encariñarse con..?. ¡Si es que no tiene sentido!.

¡No, no, por Dios!. Yo no lo he elegido y menos lo he buscado. ¿Sabe lo que me cautivó?. No fueron sus palabras lentas, suaves, cadenciosas, que parecía que acariciaban el discurrir pausado del agua perezosa del riachuelo. Sus gestos, eso fue. Sus detalles. Sin buscar nada. Sin pedir nada. Sin insinuar nada. ¿Usted cree que esto es posible?. ¿Qué alguien te acaricie el alma sin pago alguno?

Y ahora, ¿qué hago?. ¿Se lo cuento a mi marido, a mis hijos?. Me tildaran de loca, de vieja verde, de ver demasiadas películas o leer excesivas novelas. “¡Siempre has sido tan soñadora, tan romántica!”, me dirían.

Ya, ya.. Mejor me comprendo yo antes, si, si, antes de...

“¿Qué ojala fueran así todas nuestras relaciones interpersonales?. ¿Qué estamos poco habituados a bienamarnos?.¿Qué quién pudiera vivir cientos, miles, de esas experiencias?. ¿Qué por qué dudar cuando alguien nos trata con ternura y que sería más hermoso dejar de buscar tres pies al gato?...”

Pues sí.

Es verdad, no estamos, mejor, no estoy acostumbrada a ser tratada con cariño por personas extrañas y sospecho maliciosamente cuando alguien lo hace. ¡Cómo que no pudiera ser!.. He reducido el amor y lo he hecho estrecho, pequeño, raquítico, limitado al contorno de una pareja, de unos hijos.

Oye, me está ayudando a abrir horizontes, a mirar con agradecimiento donde antes sólo sentía culpa, a ampliar mi corazón y dejar que mis ojos se humedezcan, a dejarme amar y ser amada sin enredos.. Mis abrazos y mis caricias han estado muy limitados a un contexto familiar. Y ahora, veo, siento, percibo que..

¡Cómo le agradezco esta nueva visión, esta luz que se ha encendido en mi!.

Ya sé qué hacer con lo siento.

Valentín Turrado Moreno

Colaborador del TE

martes, 18 de septiembre de 2012

Busca en tu interior

 

PERTENECIENTE A LA COLECCIÓN DE RELATOS “TELEFÓNICOS”

<BEBIENDO LÁGRIMAS>

(Este relato es totalmente ficticio y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

  • Buenas tardes, teléfono de la esperanza...

  • Buenas.. Llamo porque me siento algo confusa, desorientada..

  • ¿desorientada?

  • Sí, me veo sin norte. Los horizontes que me iluminaban se han difuminado, como si hubieran sido un espejismo.

  • ¿Un espejismo?

  • Hasta no hace mucho sabía donde encaminarme, tenía objetivos, ilusión, esperanza. Ahora...

  • ¿ahora qué?

  • Mi vida carece de sentido. Desde la muerte de mis padres estoy sin raíces, como si me hubiera quedado sin una cepa donde asirme. Además, nuestra relación afectiva no se sostiene. El decidió hacer las maletas. Fue generoso, me dejó la casa y el coche. Me he quedado fría por dentro a pesar del calor del estío.

  • ¿Fría?

  • Eso, como un hielo, incapaz de deshelarse, de abrigarse, de tomar calor..

  • ¿qué calor es el que más anhelas?

  • De Dios.

  • ¿De Dios?

  • Desde pequeña he sido una mujer creyente, de hondas tradiciones.

  • ¿Qué quiere decir creyente?

  • Que iba a misa todos los domingos, seguía las directrices eclesiales, me movían valores morales...

  • Ya...

  • Con mis padres y con él se fue también mi dios.

  • ¿Seguro?

  • Seguro.

  • Mi dios se ha hecho pequeño, inútil, inservible, ya no calienta ni consuela, sobra.

  • ¿Qué imagen tenías de él?

  • Alguien grande, fuerte, poderoso

  • ¿Cómo un emperador?

  • No, como un...

  • ¿Un...?

  • Padre.

  • ¿Y qué le ha pasado a ese Padre?

  • No sé dónde está ni siquiera sé si está. Habrá sido todo una necesidad psicológica de mi fragilidad humana.

  • ¿Qué necesitas…?. Si pudieras pedir para ti algo, ¿qué sería: que tus padres volvieran, que tu esposo regresara..?

  • No, no.. Mis padres terminaron su ciclo y les llegó el tiempo de regresar al útero de la vida, donde dicen que hay paz y sosiego. ¿Mi marido?. Creo que nuestra historia fue bonita, pero alargarla la hubiera convertido en un infierno... Busco calma, bondad, armonía...

  • ¿Dónde?

  • Espero que desde fuera alguien me la regale. ¡No les toca a otros la lotería!. Yo no quiero dinero, pero sí...

  • ¿En algún momento de tu vida has experimentado eso que buscas?

  • Sí, en momentos de silencio, en caminatas por la montaña, escuchando alguna música, en alguna conversación fuera de lo normal...

  • ¿Con qué te topaste?

  • Han sido instantes muy profundos, consistentes, que parecieran eternos, de mucha consciencia y presencia, como si la divinidad estuviera allí envolviéndolos, acariciándolos...

  • ¿Y?

  • De mucha paz interior.

  • ¿De dentro a fuera o de fuera a dentro?

  • Nacían de dentro, salían a fuera y revotaban, como olas que entran del mar y regresan al mar... En esos momentos fue feliz.

  • ¿Feliz?

  • ¡Feliz!.

  • ¿A qué te está invitando tu propia experiencia?

  • ¿Cómo?... ¿Qué quieres sugerirme?.. ¿A dónde pretendes que…?....

  • Deja que la respuesta nazca de tu propio cuerpo.

  • … Volver a mí. Regresar a mi tierra.

  • ¿Te habías ido?

  • A pesar de mi religiosidad me había escapado. Tenía a Dios como mi guarida y mi refugio, pero fuera de mi casa.

  • ¿Y?

  • Ahora percibo que no hay verdad fuera de mi ni Dios que quepa en una cabeza. Quiero retornar a ser una niña pequeña que cierra los ojos y busca en el interior lo que sólo en el interior hay. Una niña que deja a un lado sus cientos de juegos y sus cuentos y se dedica a ella, a mirarse al espejo, a verse sin rubor, a sonreírse. Nunca he sido capaz de sonreírme, de gustarme, de disfrutarme.. Eso estaba mal visto y enfurecía al Dios en le que creía.

  • ¿Dices creía?

  • Sí, porque ya no creo en ese Dios. Es un tirano. Un ausente. Un distante….

  • ¿Y que están apareciendo?

  • Nuevas dudas. Otras preguntas….¿Y si yo soy ola y El es agua?. ¿Y si El es tronco y yo soy rama?. ¿Y si toda la humanidad es un círculo y yo un puntito del mismo?. ¿Y si la naturaleza es aire y yo viento?

  • Eso es lo que percibes ahora.

  • Ahora mismo. Como si me estuviera desvelando a mi misma y se hubiera levantado el telón del escenario...

  • ......

  • ¿Qué me pasa?

  • Tal vez que lo que buscabas ya lo tenías, ya lo eras... y Dios, los demás, la naturaleza, son como parte de ti.

  • Estoy en paz. Mejor, me siento paz, amor, energía, luz...

  • ¿O eres?

  • Soy....., soy..... En una inmensidad..., en un vacío...., en un todo... Me cuesta comprender….Quiero estar en silencio, ¿te importa?.

  • Estemos en silencio.....

  • .......

  • ……

  • Llevamos mucho rato silentes y nuestra comunicación es plena. Jamás he sentido a nadie tan cerca en el silencio. ¿Eso cómo se llama?

  • ¿Qué nombre le pondrías?

  • Comunión. Ternura. Solidaridad. Humanidad. Dios. Plenitud. Vida.

  • ¿Quién eres ahora?

  • La que se ha dado cuenta de si misma y se ha visto atrapada por lo que buscaba. La que está detrás de lo pensado, sentido y amado. La que es más allá de las ideas y las palabras. Me veo más allá de mi yo pequeño y reducido.

  • Es hermoso escucharte.

  • Es hermoso verse acompañada en la búsqueda de si misma. ¿Cómo no perder esta consciencia?

  • ¿Cómo has sido consciente de ella?

  • En el silencio de nuestra conversación.

  • Habrá que volver al silencio, al callamiento, a la ausencia de palabras y razonamientos, a la distancia de la emociones.

  • Al interior. Recuerdo la sabiduría de la antigüedad: “Cuánto tiempo perdí buscándome fuera y me llevaba dentro”. Gracias.

  • Has sido para mi un regalo

  • ¿Puedo saber tu nombre?

  • Soy el que dejó de buscar: el encontrado.

Valentín Turrado Moreno

Voluntario del TE

sábado, 23 de junio de 2012

Tus palabras me arrullan, me mecen.....

(Cuento perteneciente a la colección de “Relatos Telefónicos”,”Bebiendo Lágrimas”)

No sé muy bien qué hago aquí,  hablando con un desconocido en una tarde de fin de semana. Será que me siento perdida, tan perdida, que no encuentro una voz amiga que escuche mis quejas y lamentos. La frustración me alcanza hasta la boca y me veo tan diferente, tan distinta de los demás, que percibo que no hay lugar para mi, no hay espacio alguno donde pueda respirar sin ahogarme.

Oye, disculpa, no estoy acostumbrada a hablar y menos aún de lo que me abruma. Cuando estoy con la gente suelo ser cariñosa, amable, atenta. Cuando me retiro a mi soledad soy un volcán de iras, nervios, rabias, agravios. Que no sé cómo vivir bajo el techo de esta dualidad.

Trabajo en un psiquiátrico y  al final de mes puede que no me renueven el contrato. Dicen que con esto de la crisis hay que reducir gastos. Una víctima más de un sistema más interesado en los mercados que en las personas. Otra soga más a mi cuello, ya de por sí débil y maltrecho.

Todavía recuerdo cuando él se fue. Le acompañé al aeropuerto y como una tonta levanté los brazos para decirle adiós, adiós. Sí, adiós a ocho años de vida en común. Ocho años de compañía, caricias y recuerdos. No pudo o no quiso rechazar el trabajo que le ofrecieron en aquel país extraño y vio, más que vimos, que era mejor - ¿para quién?- que yo me quedara aquí, con mi angustia y mis nauseas por vivir. Con mi maldita soledad. En este piso que ya no lo veo acogedor.

Eso es lo que me asalta a mis ojos: las náuseas de este malvivir absurdo. Sin consuelo y sin horizonte. Sin aire.

Cuando me diagnosticaron el cáncer de mama sufrí lo indecible. Mis pechos eran tersos y hermosos. El me decía que perfectos. Le gustaba acariciarlos con ternura y a mi me deleitaba que así fuera. Me extirparon un tumor considerable y una de mis mamas se vio reducida a menos de la mitad. Ya no hay perfección. Me he quedado con un bolo de carne circular, pero fatalmente feo. Como el monstruo de Notre Dame.  Mi cara también fresca y juvenil sufrió otra operación que la hizo languidecer. Que a nadie más podrá gustar. Si tú pudieras verme a través del auricular pensarías...

No. no, a mi tampoco me gusto. Nada mío es querible para los demás. ¿Para mi?. ¡Qué importa!. Pero bueno, por no ser una borde te diré que menos aún. La hermosura se hizo añicos y me siento hasta sin fuerzas para recogerla, la veo ahí desparramada por los suelos, como desparramados están mis vestidos, mis zapatos, mis medias, mis compresas y todos los anhelos que un día conformaron mi vida. Nada me hace feliz. No quiero continuar esta travesía...

¿Quieres que calle y cuelgue?....
Gracias. Ya no tengo nada ni a nadie. Me dejo acompañar por una botella de champán, que me descoloca, me idiotiza, me enajena, y me impide pensar. No quiero pensar. No puedo pensar. ¡Mierda, mierda..!.

Intuyo lo que me insinúas, pero no quiero salir de aquí. No merece la pena. ¿Acaso no es mejor cerrar de una puta vez esta historia y olvidarla, olvidarla, desdeñándome de mi y de todos cuantos un día me habitaron?... Ya nadie se acuerda de que existo y el que me recuerda es para maldecirme, al menos eso me parece a mi. Mi hermana me dice que soy muy compleja. No creo que sea compleja, diría más acertado que soy diferente, diferentemente incomprendida.

De acuerdo..., mientras hable contigo no voy a beber. Después ya veré lo que hago. Agradezco que quieras imaginarme lúcida y coherente, que no deseas dialogar con un fantasma. Eso soy cuando bebo, un fantasma de mi misma. Un fantasma huidizo y triste, viviendo en penumbra, en pasadizos oscuros., que se da miedo  a si misma.
¿No te asusta que te diga que cuando los días se cierran sólo me consuela cerrarme con ellos?.
Sí, mejor así, para qué andar con subterfugios. Ideando suicidarme, eso es exactamente lo que hago. Buscando la forma menos abrupta, más liviana para mi forma de ser, tal vez el bote de pastillas..
Hace unos días rompí con mis amigas, les dije cosas que  no tenía que haberlas dicho, al menos de esa forma tan soez. Me desbordé. ¿Tú te has desquiciado alguna vez, has perdido los estribos de tus caballos?. Me pasa frecuentemente. Cabalgo del silencio sin fisuras a ser un rayo feroz y violento. Un rayo que hace daño, especialmente a mi misma. ¡Si supieras cuantos puñales me he clavado!.¡Estoy preñada de desamor y no acabo de  dar a luz!. ¡Cuándo deseé tener un hijo!. El me decía que mejor esperar. ¿Esperar a qué?,era mi letanía cansinamente repetida. Ahora lo entiendo todo. Hace tiempo que tenía pensado irse, abandonarme...

No sabes cuánto he llorado. Hasta el hartazgo.
    Agradezco tu interés, pero pocas cosas me dan savia. Pintar. Sí, pintar sí. Me meto en la escena o en el retrato y lo hago a mi capricho, a mi único querer. Escojo los colores, los envuelvo,  dando forma, imaginando escenas, recuerdos, arrugas, caricias, desamparos, desnudos. Es como que mi angustia se aliviara y fluyera. No sé como esto ocurre, pero esa es la sensación. Como un manantial de podredumbre que va corriendo...

    Cuando estoy ciega de desaliento me gusta escribir. Desde pequeña me solace escribir. Garabatear hojas y hojas en busca no sé qué pensamiento, idea o corazonada. Ahora hace tiempo que no lo hago. Estoy seca de palabras, de inclinaciones saludables.

    Hay un par de enfermos que me dicen cosas bonitas. Creo que lo hacen por cumplir. Están solos. Nadie los visita. Me dicen que soy como su ángel. No me cuesta nada tener palabras amables  o decirles que un día se curarán y saldrán de sus psicosis. Se lo digo porque a ellos les gusta escucharlo, no porque yo me lo crea. Les conmueve cuando me acerco a ellos y les acaricio con timidez. Me cogen la mano y me la besan con respeto...

    Me estoy conmoviendo.... ¡Hacía no sé.., cuánto..., qué...!

    Tienes razón yo sola de ésta no puedo salir. Necesito ayuda. Alguien familiarizado con los males del alma, con las heridas del interior, como tú lo estás haciendo. Siento que tus palabras me arrullan, me mecen, como cuando era una niña y mamá me cantaba nanas muy bajito. Me cuesta creer lo que me dices. ¿Cómo va a ver dentro de mi un jardín de flores enterradas?!. Soy una bazofia humana. Ya quisiera yo..

    ¿Te vas a acordar de mi?. Ya, ya... pero si no vamos a volver a coincidir. ¿Que de vez en cuando vas a deletrear mi nombre en silencio – Azucena, Azucena... – y vas a soñar que estoy haciendo terapia, remontando...?. Y eso, ¿cómo se hace?. ¿Eres creyente?. Yo hace muchos años que no pienso en...

    No sé si tu ternura se puede oír en la distancia. Me engañaré pensando que sí y que cada amanecer estarás a mi lado, dentro de mis párpados, durante al menos este mes, desperezando lo mejor de mi, un hilillo de ganas de vivir.

   VALENTÍN  TURRADO
   VOLUNTARIO DEL TE

miércoles, 20 de junio de 2012

EL SILENCIO QUE ATRUENA

Se dijeron palabras gruesas de aquella persona, palabras que otros hubieran descuartizado en mil pedazos y hubieran respondido con un aluvión de aguijonazos.

Prefirió callarse.

Las palabras graves pasaron a ser obscenas, maliciosas, malolientes, envenenadas.

Aquel ser humano, cabizbajo y agachado, daba vueltas a la plaza y gritaba su malestar a los cielos y a los árboles. Que parecían los únicos capaces de comprenderle.

Cuando se presentó ante el magistrado y varios testificaron en su contra y profirieron amenazas e insultos, se le vio triste, como alguien que hacía esfuerzos para no perder la compostura y no estallar en cólera.

Su defensor dijo todo lo que tenía que decir.

Sus confesiones obligadas fueron breves, cortas y precisas. Nada faltaba. Nada sobraba. No les dio juego a los focos de las cámaras y a los vendedores de verdades sesgadas, que abandonaron la sala decepcionados.

Hace un par de meses lo volví a ver. Me pareció que miraba más hacia dentro que hacia fuera. Fui yo quien le abracé. “Perdón por..”.

“No sigas.., me respondió, gracias desde mi alma”. No había reproches en su mirada.

Valentín Turrado Moreno

Colaborador del TE

lunes, 18 de junio de 2012

CAMINA,SAL AL SOL,PONTE GUAPA

(Relato telefónico perteneciente a la colección “Bebiendo Lágrimas”. Es totalmente ficticio.Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Son las once la noche. La película de la tele no ha logrado ganarme la atención. Decido abrir mi diario y escribir una carta, mi querido Julio, para contarme y contarte el milagro que hoy me ha acontecido. Yo creía que los milagros sólo suceden a los demás, está visto que no. Hoy me rindo a esa larga lista de testigos de cosas cotidianamente extraordinarias.

“Hace ya más de 15 meses que te fuiste y a mi parecen 15 años. No es lo mismo la vida desde entonces. Mis alumnos en clase me dicen que parezco otra. No puedo olvidar lo que padeciste, mejor aún, lo que padecimos en los últimos años, fruto de la amiloidosis que te anegaba. Menos mal que mamá me echaba una mano. Aunque eras tú el que estaba enfermo, también yo lo estaba. Lo estaba de verte sufrir, por eso me metía en la cama, me tapaba la cabeza. ¡Como si así me pudiera olvidar del dolor que me apenaba!. Tú siempre fuiste comprensivo y me decías palabras amables: “Anda, linda, levántate, que así no quitamos las nubes del día, que no se trata de cerrar los ojos y de mirar para otro lado. Será mejor ver qué jugo le podemos extraer al cítrico que hoy nos ha sido dado”. Así te hablabas. Así me departías. ¿No sabes qué nostalgia siento de tu voz?.

Hoy que me sentía tan sola, tan sin afecto y sin consuelo, llamé al teléfono de la esperanza. Sofocada, con arritmias, harta de llorar y de gemir tu imposible presencia, en esta tarde de sábado en que nos gustaba salir a pasear por las calles de nuestra ciudad, con nuestros niños de la mano en medio,  tomar unas cañas,  llevar unos pasteles a los abuelos para que luego ellos nos dijeran que no les venía nada bien tanta azúcar y acabáramos llevándolos a casa, para aumentar lentamente los pliegues a nuestro cuerpo.

El que me escuchaba en el teléfono me decía cosas parecidas a como a ti te gustaba platicar. ¿Cómo estás?. ¿Cómo te sientes’. ¿Qué es lo más doloroso de lo que estás viviendo?. Preguntas para pasear los lamentos del alma. ¡Qué sola está el alma que un día estuvo enamorada y el amor se fue de su presencia!. Me pareció como que el que me escuchaba hubiera pasado por una situación parecida a la mía, a la nuestra, de lo que me sentí de acogida y comprendida. Estuve a un tris de preguntárselo, pero qué más da.

Le encontré muy interesado por mi, por el trabajo, por los niños que se ha ido a estudiar a Madrid a la facultad , por los abuelos, tan viejecitos ellos,  sin fuerzas y consumidos, como que la vida se les estuviera despidiendo. Que no quiero pensarlo. Me preguntó por ti. ¿Cómo eras?. ¿Qué hacías?. ¿Cómo habías afrontado la enfermedad?. ¿Qué mensajes me dejaste?. ¡Oye, que hubo un momento en que me parecía que estaba hablando contigo, sin pena y sin dolor, en calma y en sosiego, como cuando tú y yo bailábamos los boleros de los Panchos, abrazados a unos sentires bonitos y cálidos!.

Le hablé de las veces que nos engarzábamos en absurdas discusiones, en peleas que hoy siento tontas y pequeñas, por una comida poco calentada o una forma de vestir que no me enfatizaba o por otros cientos de bobadotas, y entonces yo me acercaba al casete y ponía las melodías que te molestaban, que te herían. Era mi forma de expresarte mi malestar. Como ves no tengo idealizada nuestra relación. También hubo momentos amargos.

Me gustó, cariño, hablarle de ti. Le confesé - ¿no te parecerá mal? – tus mantras preferidos: “Aprovecha la vida ahora que la tienes, a los niños, a tus padres, a los amigos, a mi. Que no querré yo flores en el cementerio.”. “Cuando me vaya, sé fuerte, cariño, por ti, por ellos. Trata de no desfallecer..”. “Vive, vive, que desde que me puse enfermo no vives... Camina, toma el sol, ponte bonita, bonita...”. “Las cosas pequeñas de la vida son las que nos hacen más felices...”. “Cuando me vaya, yo será tu ángel de la guarda”...

A nosotros nos gustaban las cosas cotidianas, ¿verdad Julio?. Como esa canción de Serrat: “Palabras sencillas, tiernas, que echamos al vuelo por primera vez...”. Así era nuestra historia de cada día. De casa al trabajo. Del trabajo a casa. De casa al estudio, al paseo, al cole, la ducha, las cenas, un poco de lectura o de tele y a descansar, para al día siguiente empezar la nuevamente la ronda. Cotidiano sí, pero rutinario no. Junto a ti no había rutina.

Ahora el discurrir de las horas está teñido de pena. A ti te gustaban las películas de autosuperación, de esfuerzo, de echarle riñones para tirar hacia delante.. En eso estoy. Ando a base de riñones. Me levanto cada día a base de riñones. Voy a trabajar a base de riñones. Como a base de riñones, sin apetito, sin deseo.

¡Cómo añoro tus abrazos, tus cientos de besitos!.

El que me escuchaba al otro lado del teléfono me dijo por un par de veces: Si Julio estuviera hablándote, ¿qué te diría?.

Me quedé en silencio, como lo hacía cuando estabas tú. Bajé la voz. Tú me decías que mivoz era amable, que te acariciaba con ella la espalda, los malestares. Y hablé de seguido: “Me diría, me dice, que me ponga bonita, y salga de este dolor, que camine, que tal vez encuentre a alguien, a otros brazos y otras ternuras, que él no está celoso de otros amores..., que quiere que siga siendo feliz, como cuando él estaba..”.

Julio, le pedí, sino le importaba que quería escuchar una canción de Alejandro Sanz, la que te regalé antes de que partieras. Fue un momento mágico, ¿sabes?. Estabas tú, estaba yo, estaba el que me escuchaba que después de una hora larga de conversación ya no sabía ya quién era – si un ángel si tu espíritu si yo misma..- y estaba mi futuro, lo que yo quería labrar a partir de este instante.

No espero que me contestes. ¿O es que ya me has contestado a través del Teléfono de la esperanza?
Dame fuerzas para dejar de estar apesadumbrada y volver a respirar. Que quiero volver a estar guapa para ti, para mi, para mi mañana.
Varios compañeros me siguen preguntando por ti. Les agradezco su gentileza y su recuerdo. Creo que te gustará saberlo.
Siempre te amaré”
             Se me ha hecho tarde. Es hora de dormir. ¡Hasta mañana!.

VALENTIN TURRADO
COLABORADOR DEL TE

sábado, 9 de junio de 2012

Soy un ser solitario y triste

(Relato telefónico perteneciente a la colección “Bebiendo Lágrimas”. Es totalmente ficticio.Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

No crea que es fácil para mi llamar por teléfono y comunicarme con un extraño, aunque lo de comunicarme me es difícil con cualquier persona. Me siento angustiado y deprimido. Necesito hablar con alguien, sino  exploto. Reviento. Nadie escucha a nadie. Al menos a mi nadie me ha escuchado, ¿sabe?. ¿Yo..?. Creo que tampoco he escuchado a nadie.

¿Por qué me resulta imposible salir de mi mismo y abrirme a los demás?. ¿Me puede dar alguna pista?. Vivo en realidad en un zulo. Un zulo sin ventanas a la calle, sin luz exterior. Que hasta aborrezco a los vecinos. Salgo a trabajar, voy a la compra, vengo de trabajar y a penas un par de palabras, las imprescindibles. Me he acostumbrado a esta rutina, a esta nauseabunda ruleta y, lo peor, es que no sé cómo salir de ella.

Me deja descolocado con su respuesta. ¿Qué esta llamada ya es un paso adelante?.¿Qué este es el camino que conduce a la li...?.

Sí, sí, desde pequeñito soy un ser reservado y tímido. Todos mis pinitos de salir hacia fuera eran abortados por decepciones y fracasos. “No merece la pena dar nada de sí. No merece la pena esperar nada de los demás. No merece la pena contar nada. El que sabe algo de ti es para hacerte daño”. Estas eran las máximas de mi padre, un hombre taciturno y huraño, que prefería esconderse a relacionarse. Aún no comprendo cómo mi madre se casó con él. Pero él ha tenido mucha influencia en mi, tanta que sigo escuchando su vez segura y amarga: “No merece la pena....”. Cada vez que hago una intentona me machacó con su voz gritándome desde dentro. Que empiezo a maldecir esas letanías.

¿Cómo me puede decir que maldecir esos mantras es un signo positivo?. ¿Sería tanto como que detractarme de mi padre fuera algo necesario en mi vida?. ¿Le he entendido bien: que tengo que liberarme de él, desembarazarme, vomitar sus venenos...?. ¡Es mi padre, oiga!. No le falte al respeto. ¡Usted qué se ha creido!..

¡Cómo me cuesta oír esos mensajes!. Si estuviera donde usted tal vez le hubiera dado un puñetazo..
En el fondo creo que tiene razón. Sus palabras metidas en su carne me han convertido en un ser solitario, incomunicado. Mi sangre está envenenada. Soy un autista, oiga, un autista, que no sabe cómo emigrar de mis miserias, de sus castillos, donde hasta hace poco encontraba todo. Ahora ya no. Todas las paredes de este señorío son aburridas, feas y amenazadoras. Se han llenado de fantasmas. De plañideras de mi soledad. Arrastro por las escaleras de mi vida una depresión que me tiene encerrado. Casi muerto.

Sí, hombre, sí , he tratado con mujeres. Con todas de forma ausente, distante. Un par de polvos y para qué más. Pago lo que corresponda y hasta la próxima vez. ¡Que no sé amar, que no sé amar!. Por eso pago para sentirme amado, aunque no lo consigo. Esas mujeres tan sólo aman mi bolsillo. ¿Y yo...?. Hasta hace una temporada amaba mi aislamiento. Ya no. Se me hace insoportable. Odioso. Como si hubiera construido mi propia cárcel y estuviera tragando mi propia cicuta.

¿Cómo se sale de esta cueva sin luz?.

Ya, ya..., que necesito ayuda, un terapeuta o alguien... Que tengo muy introyectado mis comportamientos y mis rutinas. ¿Dígame cuanto tiempo necesito para oxigenarme?. ¿Dígame si encontraré a alguien que me pueda escuchar y acompañar?. ¿Dígamelo, por favor...?...

No sabe cuánto hacía que no me lamentaba tanto. Me siento por dentro blasfemando contra mi mismo. Mientras hablo con usted araño con rabia los cojines del sofá. Que los voy a acabar rompiendo.

¿Y en el teléfono me van a ayudar...?. ¿De verdad que voy a encontrar personas en grupos que están parecidas a mi y me van a aceptar tal y como soy?. Pero si en lo que yo conozco cada uno va a lo suyo y está encerrado en su propio caparazón. Le comprendo, que proyectamos en los demás lo que son nuestras carencias. ¿Qué eso es nuestra sombra me ha dicho?.

Oiga, ¿cómo tiene tanta claridad?.  Yo vivo a oscuras. Como si el día entero fuera de noche. Sólo quiero aprender a vivir, que hasta ahora no he sabido. ¿Cuándo me dijo que estaba abierta la sede del Teléfono de la esperanza...?. ¿Curso de autoestima dice...?. No sé si seré capaz. No sé si aguantaré un par de reuniones. ¡Mucha confianza tiene en mi...!.

¿Puedo saber su nombre...?

¿El mío?. Creo que lo he olvidado. Mi padre me llamaba “el solitario”.

       VALENTÍN TURRADO
     COLABORADOR DEL  TELÉFONO DE LA ESPERANZA

miércoles, 11 de enero de 2012

LA VIDA DESDE ABAJO

(El contenido de este relato es absolutamente ficticio y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Perteneciente a la colección de “Relatos telefónicos” , “Bebiendo Lágrima”)

Me encontraba leyendo la entrevista que uno de los periódicos locales le dedicaba al responsable del Hogar del Transeúnte de mi ciudad, conmovido por sus palabras llenas de hondura y solidaridad , cuando sonó el silbo familiar del auricular. Te saludé mientras rumiaba las frases certeras de aquel hombre entregado, grande humanamente, como un rascacielos; decía verdades como puños, golpeando la puerta de la conciencia adormecida de nuestra sociedad:

La pobreza nada tiene que ver con la dignidad. La Iglesia no puede despreciar a los pobres, jamás he tenido contemplaciones con la riqueza. En los primeros tiempos de la Iglesia los cristianos imitaban a los pobres... con el paso del tiempo han cambiado las cosas y jamás se ha adorado tanto al becerro de oro como en nuestros tiempos”.

Me parecía que había leído un auténtico testamento vital.

Cada día soy más rebelde, cada día resulto más insoportable para los míos y más inaceptable para la sociedad. Uno querría ser más condescendiente pero no puedo, a mi edad debería estar en el declive, en la aceptación sumisa de las cosas pero no puedo, cada vez tengo una rebeldía mayor que me hace vivir a contracorriente, sentir a veces la repulsa de la sociedad actual”.

En sus 21 años dedicado a esto ha conocido todo tipo de historias. “Muchas, miles. Por aquí han pasado más de 40.000 personas, más de 40.000 historias. Entrañables muchas, duras otras muchas, incluso crueles... pero recuerdo las entrañables, me alimento de ellas, de esos que vuelven por el albergue cuando ya han salido de la rueda, como se dice en el argot, y te abrazan con un sentido de agradecimiento tan profundo que no lo encuentras ni con el mejor amigo. Con pocas palabras te dicen tanto”.

Quién así habla, mejor aún, grita, aúlla, martillea es José Luis Alonso, religioso de la Orden de San Juan de Dios, igual que el fundador del Teléfono de la Esperanza, Serafín Madrid.

A veces pienso que vivimos en una sociedad enferma, anestesiada contra el dolor de lo demás, con claras muestras de padecer diversos trastornos mentales. ¿No es un trastorno social los clientes buscando putas foráneas en las carreteras de salida de la cuidad?. ¿No es depresor comprobar que las listas del paro cada vez son más largas, frías y crueles?. ¿No es un brote sicótico las mentiras, los intereses y las manipulaciones de nuestros dirigentes?. ¿No es esquizofrénico los tugurios de cada fin de semana, testigos mudos de borracheras, de desfiles de pastillas para alargar la marcha, apestados de humo y de músicas estridentes que impiden el más incipiente diálogo, templos de la noche y del consumo?....

Tú ya me estás contando como encontraste nuestro teléfono y yo aún sigo boquiabierto ante la última frase del escéptico periodista que cierra la crónica con una confesión contra corriente, a modo de despedida: “eres el cura de una iglesia en la que no me importaría ser el monaguillo”.

Oye, disculpa, es que ....

A partir de este momento y en los siguientes 62 minutos mi tiempo fue todo para mi. Mi atención. Mi capacidad de escucha. Todo mi ser en tus zapatos. Dentro de tu piel, para entenderte. Sólo la roca que sostiene la lapa, sabe como es ella, cómo se alimenta, respira, cómo avanza y cómo retrocede.

Esta carta que te escribo, para que nunca la leas, es para contar mi necesidad de dar a luz lo vivido, lo escuchado y lo callado.

¡Cuánto has sufrido!. Me hago cargo de tantas lágrimas derramadas en la soledad de tu morada, cuando tus hijos estaban en el cole y tu marido alargaba las horas malditas en el bar. ¡Ojalá las hubiera alargado más!.

Tengo un pañuelo de papel para ofrecerte si pudiera a través de la línea, para que enjugues sin vergüenza alguna tu dolor y derrames por encima, por abajo, por los costados, tanta angustia reprimida. No me importa ser tu Verónica en esta hora certera en que nos hemos encontrado y tú, en tu calvario, y yo, en mi planicie, vamos a cabalgar juntos, hasta la sima del sosiego que desees.

Comprendo que estés triste, más que triste, deprimida, vacía, sin ilusión, como abandonada por un destino que sientes brutal, inmerecido. “¡Es que he dado tanto!”, me atreves a susurrar entre suspiros, y “sólo he recibido eso que te imaginas”.

Sí, me imagino tantas cosas, toda esas que a continuación una a una me vas desgranando, como clavos en las manos, en los pies, como espadas en el costado. “¡Si me hubiera muerto, si hubiera quedado en el camino!”, me desvelas en mitad de tu ahogo.

No tengo prisa. Mi tarde hoy es toda para ti. No tengo interés en escuchar las canciones románticas que tanto me acompañan, ni leer los siempre nuevos poemas de los vetustos poetas de siempre, ni escribir en una cuartilla las palpitaciones que me dirige el corazón. Estar contigo hoy es mi forma humana, divina, de estar en el mundo, de sentirme vivo, de encontrarme conmigo mismo y reconocerme. Mi plenitud, en una absoluta paradoja, es este dialogo, eres tú, que aunque me sacas de mí al fin de cuentas me fijas más dentro aún si cabe.

Me quedo con las ganas de decirte palabras suaves, palabras amorosas de esas que tú sólo escuchaste en tus sueños solitarios y que la vida te negó como niega el calendario cada treinta de febrero.

Fuiste el burladero de los arranques de ira de tu esposo contra tus hijos. Te pusiste en medio, sin protección, sin coraza, sin saberte recoger detrás de las tablas y que el toro, el viejo toro iracundo, no te encornara. Maldigo todos los toros que van por la vida pitoneando víctimas inocentes. Eso fuiste tú, mejor aún, en eso te convertiste: en una víctima inocente, que acabó cogiendo miedo a la bestia, evitándola, separándola de su almohada, de su vida, como si ya no existiera, como si nunca hubiera existido.

Quedé impresionado cuando me narraste que desde el día en que te atreviste a decir no, que hasta aquí hemos llegado y fuiste al abogado a firmar el convenio de la separación, aquel día te pareció que la vida empezaba otra vez para ti. Desde entonces le llamas “el difunto”, el que murió y nunca jamás deseas que resucite para ti. El día que te llamó para pedir volver arrojaste el móvil tan lejos como fuiste capaz, por si acaso la conversación y sus palabras se convertían en un imán indeseado, envenado. Te llevaba quince años y de puertas para afuera tú eras la galana, él el envejecido, el anodino; de puertas para dentro vengaba su miseria con maltratos vergonzantes, con abusos deshonestos, con palabras como navajas, viles, soeces.

Consiguió enfrentar a tus hijos y que hoy siguen separados. Agrandó a uno, empequeñeció a otro. A uno le llamaba cabrón, a otro le faltaba tiempo para ampararle.

“Mi mundo desde que me casé se redujo a este ambiente de dolores de cabeza y de terremotos frecuentes. No le culpo a él de todo. No supe estar en mi sitio y me dejé pisotear la propia dignidad. Menos mal que cada mañana encontraba el desahogo del trabajo fuera de casa, de la oficina, menos mal...”

Comprendo que el tiempo te fuera haciendo una mujer apagada, sombría, desesperanzada, taciturna. Cuánto bien te hizo el Cristo de la iglesia, con esa mirada profunda, al que acudías en las tardes más desesperadas, cuánta compañía. ¡Qué bonito lo que me has contado de que con El no tenías secretos, ni los propios de la alcoba y que jamás tuviste la sensación de que El se escandalizara con tus confesiones!. ¡Qué hasta el cura de la iglesia en algunas ocasiones vino a decirte: Señora, que tenemos que cerrar!. Junto a El pasaste tantas horas, desbrozaste tu angustia como si fueras una huerta abandonada, un amasijo de cardos y de hierros inservibles. Todavía hago eco de la petición que a tu Cristo le hiciste: “todos los golpes de la familia para mi y para mí todas las cruces”. ¡Y vaya si te lo concedió!.

Hay que tener cuidado con lo que se pide y después de escucharte me ratifico aún más. Se nos acaban concediendo nuestros deseos. Se cumplen nuestras aspiraciones cuando éstas las llevamos una y otra vez a nuestra cabeza y a nuestro corazón.

Me ha gustado que me dijeras que ahora has estrenado una nueva oración ante el Crucificado de mirada penetrante: “En esta nueva etapa de mi vida quiero ser feliz , quiero ser feliz... Y estoy dispuesta a mantener esta plegaria día y noche. Hasta que se cumpla. ¿Por qué se va a cumplir, verdad?.”. Has conseguido emocionarme al oírte que quieres dar un giro grande a tu vida y volver a ser aquella mujer alegre, divertida, dicharachera , que le gustaba tener amigas y dedicar un tiempo a los demás de forma altruista... ;ahora que te acabas de jubilar y la casa se te cae encima y no quieres más años seguir esclava de unos antidepresivos, que ya no recuerdas las cajas que te has tomado...

Cuando al comienzo de tu conversación me dijiste que pensabas en suicidarte, que morirse era tu única salida, me sentí acongojado, por tanto peso como llevabas a cuestas. ¡Qué no hay derecho, me decía, mientras tú seguías regurgitando tus heridas!. No es el tiempo de cerrar la puerta y descansar para siempre. Siento que aún te queda como una segunda parte y que la vida te va a ofrecer otra película para ti, una que tú vas a dirigir, a controlar y a desear.

Al decirme que te sentías como un cromo, temiendo una caída en picado, te dije que hasta los cromos tienen color y te invité a que me contarás todo los colores que en estos momentos había en tu vida. Aunque te costó, te atreviste a poner encima de la mesa algunas cosas que no te gustaría perder. Al contarme tus apoyos, fui percibiendo que poco a poco tenías más luz, que tu voz se hacía más clara y tu tono más alto y vital, como si te estuvieras insuflando energía y ganas de vivir.

Te escribo estas letras para que las leas el día que entres en la eternidad, después de muchos años de conocer a otras personas y vivir experiencias más gratas. Y para expresarte que me he sentido como un Cireneo acompañando tu dolor y tu tragedia, un Cireneo que estaba en la calle por donde suelen bajar las riadas de las desventuras.

Al despedirnos, en la sala se quedó a solas el silencio y mi cabeza regresó a aquel vagabundo que el otro día encontré en la ciudad, aquel mendigo que me hizo sentir tanto asco, ante su olor a meada reseca y necesidades hechas encima, que me fui de largo, sin una mirada, caminando con mi miedo y mi repugnancia. A la semana siguiente lo encontré con la mano extendida bajo los soportales de la plaza mayor, en aquel día lluvioso. Me pareció que me estaba esperando. Le pregunté su nombre, al compás de un deseo irresistible de vomitar.

- ¡Estás muy sucio y mojado!. Y con ese aspecto tan desaliñado nadie se va a acercar a ti y darte unas monedas para que...

Le dije que se tomara un vino en mi honor y me sonrió.. Me alegré de haber roto mi repulsión, mientras desvelaba al ser humano que se escondía detrás de aquella estampa tan desagradable. Se llamaba José Antonio. No lo he vuelto a ver. Su recuerdo me lo ha regalado hoy el hermano José Luis Alonso.

Valentín Turrado

Colaborador del TE

viernes, 25 de noviembre de 2011

QUIERO SER UNA MUJER DIEZ (Bebiendo Lágrimas)

Este relato es ficticio, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

10.- Una mujer diez.

Oiga, qué bien le oigo, como si usted estuviera aquí mismo, a mi lado y me estuviera viendo. ¿No le importa que le haga esta confidencia?. Es que a veces el auricular no me funciona. Hoy da gusto.

No sé como contarle que me siento deprimida, triste, vacía, sola, sobre todo eso muy sola. Soy un desastre. ¿Sabe lo que es eso?. Siento pena reconocerlo, pero es así. Un completo desorden, fruto del caos interior que estoy viviendo.

Le llamo desde casa de mis padres, a donde voy todos los fines de semana, incapaz de aguantar más en mi piso compartido de la ciudad. Preparo oposiciones y por las tardes trabajo.

Mi vida es un desbarajuste  que ni yo misma entiendo. Le voy a describir  como está mi habitación en este instante. En la cama dos pantalones planchados y otros arrugados, un par de camisas y la ropa interior sin recoger. En la silla que hay junto al armario a modo de calzador, la bata de andar por casa, dos vestidos de verano, una cazadora y no sé cuantas medias, algunas deshilachadas. Junto a la cama tres pares de zapatos y dos de sandalias. ¡Si supiera cómo están los cristales y el polvo que descansa sobre las mesitas!. Debajo de la cama sin hacer unas cuantas revistas y algunos “marcas” de cuando estaba mi marido.

No tengo ilusión y soy incapaz de poner cada cosa en su sitio. ¿será que ni yo sé cuál es mi sitio y por eso vivo en este...?. Me da igual todo, que haya tres o cuarenta cosas desparramadas. Siendo sincera, sólo me encuentro a gusto en la cama, durmiendo, al calor de las mantas y al silencio de la cabeza.

Estoy desolada, robada, sí esa es la palabra justa, robada de mi misma, de mi ser, de mis deseos, de mis ganas de vivir.

La historia empezó hace años. Me casé con un hombre que adoraba y me entregué a hacer un hogar confortable, acogedor y muy limpio, Por motivos de trabajo cada cierto tiempo cambiábamos de ciudad y vivimos en distintas casas de alquiler. Me he pasado muchos días limpiando cristales, suelos, paredes y azulejos, bañeras y váteres; me entregaba a esa labor ardua de dejar el hogar como un espejo brillante, para que él al llegar a casa me dijera cosas bonitas. Aprendí cientos de recetas de muy diversos países para que él degustara todo tipo de sabores y se sintiera orgullosa de su mujer. ¡Hice tantas cosas por él, que algunas hasta me da vergüenza decirlas en alto!. ¿No le importa que las calle, verdad?.

El llegaba de trabajar y no decía nada. Se sentaba a la mesa y agachaba la cabeza como si estuviera ausente, ciego de mi.

Si le hablaba e insistía él se malhumoraba, se le ponían los ojos encendidos. Yo he tenido delante unos ojos ebrios de veneno y de ira durante largas temporadas. ¡Qué cruel es que estés esperando con toda el alma a alguien y ese alguien no sólo no reconozca tu labor de ama de casa sino que te ignore, para a continuación despreciarte e insultarte!. Más tarde llegaron los maltratos, los abusos....¡Qué asco!..

Disculpe que me esté enrabiando... Me cuesta seguir... Ya no quiero reprimir el llanto.

Gracias por estar ahí , como enjugando mis lágrimas..

A pesar de lo desagradable que es el qué dirán de la familia ante el divorcio, me acabé  separando, con un rastro atestado de magulladuras y heridas. Las más horribles son las que no se ven. Las que uno lleva en los graneros de su alma y están infectadas de silencios, de telarañas.

Así fue como me abandoné y dejé de hacer la cama cada día, de guardar la ropa en el armario, de fregar los cacharros . ¡Me olvidé hasta de cocinar y de llevar una vida ordenada!. ¿Para qué?... ¿Para quién?...

Cuando rebobino mi propia película me doy cuenta de que todo lo hice para agradar y no resultó, sabe, no mereció la pena, la recompensa fueron frutas amargas en forma de desprecios y golpes,  ya ve lo que recibí.. “Mejor así, me dije, las cosas sin hacer, la ropa sin planchar, el fregadero atiborrado de cazuelas y de platos, para joderle, para joderme..”.

He llamado porque quiero cambiar. No soy feliz. Yo llegué a ser una mujer diez, guapetona y coqueta, que cada día se pintaba la raya del ojo y salía a la calle orgullosa de ser mujer. Ahora estoy bajo cero. Perdida de mi misma. Irreconocible. Sin autoestima. Negada para reír y disfrutar.

Le voy a responder a su pregunta. Mis expectativas para mi son poner el despertador a las siete de la mañana, levantarme, abrir la ventana de la habitación y saludar al día, darme una ducha caliente, ponerme divina y salir a la calle diciendo: “aquí estoy yo, dispuesta a aprender, a vivir, a buscar un nuevo compañero que me entienda..”.
He comprendido una cosa en estos años: si yo soy una inútil, una enferma, una herida sin curar, me voy a encontrar con personas que me van a herir más y me van a menospreciar.
El clavo siempre encuentra un martillo que le golpee.
Se lo juro, no quiero encontrarme con otro maltratador, y para eso necesito andar un largo camino hacia mi misma. Si yo estoy bien, lo demás vendrá por añadidura, ¿verdad?...

Gracias por corroborármelo. Tiene razón, el gorrión no busca cualquier nido, por muy confortable que parezca, busca el suyo y en él se siente cómodo y satisfecho. Algo así busco yo. Mi propia piel, porque me ha pasado la vida viviendo en una que no era mía.

Dígame sólo una cosa: ¿Cuánto se tarda en cambiar?. Ya, ya.. que los procesos son lentos, que necesitan tiempo, decisión y coraje, mucho coraje. Que si llevo doce años destruyéndome, al menos necesito...

¡Qué negra es esta soledad...!. Si usted estuviera más cerca..

Me gusta eso que me dice, que sea paciente conmigo misma y comprensiva, que lo importante es iniciar un nuevo rumbo y limpiar todo lo que una acumula de estancado, de podrido, de caos interno, en su trastero, en su bolsa de basura... Eso, voy a empezar por el trastero y tirar los trastos viejos que me recuerdan otros momentos. Mejor me cambio, y bajo mi bolsa de basura al contenedor..

Mi vida va a necesitar lejía... Voy a mudarme a otra casa y deshelar mis recuerdos y mis miserias... ¿Cómo voy a saber que encontré mi propio hogar y que éste no sabe a soledad?

¿Me puede dar hora para la psicóloga?....

Hoy después de cenar voy a fregar los cacharros y guardar la comida en la nevera, sin esperar a mañana.

Oiga,  ¿cómo le ilusiona tanto que le diga estas cosas tan pequeñas?... ¡No se estará emocionando..!

Valentín Turrado Moreno
Relatos “Bebiendo lágrimas”.

viernes, 14 de octubre de 2011

¿TIENE USTED TRASTORNO BIPOLAR?

       (Relato Perteneciente a la colección de Relatos Telefónicos "Bebiendo Lágrimas".Advertimos que es puramente  ficticio  y que cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia)

Soy una bipolar desde los 26 años y tengo 49. Así que ya puede contar los meses que arrastro esta dura enfermedad, que un día me postra en cama y otro me hace salir a brincar y bailar como una loca. La gente debe pensar eso: esta mujer está como una carraca.

¿Usted también lo piensa, verdad?....

No sabe cómo me alegra saber que no. ¿Ha pasado por algo parecido?....Ya, le comprendo... No es que pretenda saber nada de su vida, oiga, es que si usted me dice que también es bipolar, pues que, como qué....

¡Como quiere que me sienta!. Enterrada en vida. Como si periódicamente estuviera de luto que se decía antes. Triste, sola, desamparada, vacía, desesperanzada, agotada, sin capacidad para concentrarme... ¿quiere que siga?. Y a veces con unos deseos irresistibles de morirme, de desaparecer. Sí, de suicidarme.

¡Claro que tengo medicación!. He estado una temporada internada y me la han cambiado . Las pastillas que tomo ahora me han venido bien.... Le comprendo, sí , debe ser el médico el que la ajuste, el que la reduzca o la amplíe, que usted no está para ejercer de facultativo. Yo lo comentaba por si acaso....

Llevo una temporada de baja. Así no puedo trabajar. Mi centro de trabajo está en la calle.....

Lo peor de todo es la angustia fiel que me acompaña como un perro maldito que no deja de ladrar y no me permite estar tranquila... ¿Usted ha sentido esta angustia?. Ya, ya, pero es que si usted supiera... ¡Que lo sabe!. ¿Entonces la ha tenido?... Perdone, me estoy poniendo pesada...

¡Es tan negro lo que siento y no sé cómo arrancarlo de dentro!....Disculpe que gima....

No, no estoy casada. ¡Cómo me voy a casar ..!. He vivido aventuras esporádicas en mi fase eufórica, cuando el deseo se me dispara y yo me misma soy incapaz de contenerme, de frenarme. Luego me quedo con un sabor amargo; me da miedo de que conozcan mi otra parte, esa cara que también es mía, sin maquillar, alargada, apenada, lacrimógena... Cuando llega ese momento la que me voy soy yo y les dejo... No vuelvo a contestar a sus llamadas...

¿Es triste, verdad?. ¿A usted le parece triste?.. Me agrada que no ande con eufemismos y que no disfrace las cosas...

Vivo con un compañero. Compartimos piso y gastos. Poco más. Hoy estoy más dolorida, ¿sabe?. El se marchó de fin de semana y me dejó sola sabiendo cómo me quedaba... Lo vislumbro, él no tiene porque tirar de mi, ni siquiera tiene porqué acompañarme, pero sabiendo como estaba podía haberse....

¿Cómo se sale de este pozo?.....

¿Qué cuáles han sido las poleas que en otras crisis me han ayudado a salir a flote?. Relacionarme y salir de casa me ha socorrido, pero resulta que tengo agorafobia. ¿Usted sabe que es eso?. ¿La ha padecido?....

Tiene razón, aunque me suponga un esfuerzo y me empiecen las palpitaciones nada más poner un pie en calle, al regresar me siento algo más serena. Será el aire limpio que se me ha metido en los pulmones o el encontrarme con un par de compañeras del trabajo y tomar un café... ¿Será que el café me ha estimulado la serotonina o la simple compañía?.

El trabajo ha sido otro cuerda importante. Aunque fuera desilusionada y apagada, llegaba allí y entre un buenos días, unos papeles para archivar, el ordenador encendido, el colocar la mesa y pasar un par de escritos, se me pasaba la jornada, como si me olvidara de mi infame estado de ánimo. Ahora, en este momento, soy incapaz de incorporarme, de ponerme delante del espejo y pintarme los labios. Mire, cuando estoy ilusionada, con ganas de vivir, me pinto los labios con barras de muchos colores; cada día estreno uno nuevo, Tengo cientos de pinturas de labios. Las colecciono. Otros acumulan películas o figuras de cerámica. Cuando estoy en la fase depresiva, desde hace un mes, no me pongo ni el sujetador... Disculpe esta confidencia, pero es así.

¿Quiere que le cuente otra boya que me ha salvado?. Decirme frases positivas, de ánimo, de vida, frases como: “Esto pasa. No es eterno.” O aquella otra que me recomendó en la última crisis otoñal una vecina: “Yo puedo , yo soy capaz, voy a salir de ésta”.

¿A usted le gusta el ciclismo?. A mi me encanta. ¡Será por las muchas horas de sofá que llevo encima!. Cuando estoy alegre me parece que llaneo, que las carreteras están bien asfaltadas y que mi bici va en su justa velocidad. En las crisis de tristeza y angustia siento que estoy subiendo las empinadas cuestas del Alpe D”huez, que son como una pared interminable. Se me quita el apetito. Aparecen los trastornos digestivos, Desde hace un par de días arrastro un cólico nefrítico que sólo a base de buscapina logro ahuyentar. Me siento llena de lobos que me aúllan y me atemorizan. Son mis miedos, ¿sabe?. En estos momentos sólo a base de riñones me digo las máximas que antes le recordaba o aquella otra: “Vendrán tiempos mejores”.

¿No tiene usted alguna boya más?... ¡Que le parecen bien las mías!. En eso le doy la razón: lo que vale para uno no vale para otro. ¡Somos tan distintos!... El otro día me llamó mi jefe del trabajo para interesarse y me hizo una recomendación: “ponte a leer libros y sumérgete en las historias de los demás; a mi la lectura me ha sacado de unos cuantos bajones”. ¡No se da cuenta de que no me gusta leer!. Tampoco me satisface escribir en un diario lo que me pasa. Ese camino es equivocado conmigo...

Prefiero llamar al teléfono de la esperanza que siempre está disponible y hablar y hablar hasta que me quede más serenada... Todos sois diferentes, pero todos me serenáis... No es un cumplido. Si no fuera así no os estaría dando la lata cada poco..

Agradezco que me haya invitado a que cuando cuelgue me pinte los labios y me ponga el...

Oiga, que antes no me contestó, ¿tiene usted trastorno bipolar?....

Valentín Turrado Moreno

(colaborador  del TE)

martes, 16 de agosto de 2011

DESANDANDO EL CAMINO DEL AMOR

(Este relato es totalmente ficticio,cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.Extraído de la Colección  “Bebiendo Lágrimas)

Buenas tardes, ¿teléfono de la esperanza?.
Por la voz no pareces mayor. ¿Te puedo tutear?.  Una amiga me habló de vosotros y por eso estoy aquí. Bueno, por eso, y por mi necesidad de salir de este terremoto abrupto que me ha enterrado en mis propios escombros, como le ha pasado a los de Lorca. Quizá te parezca una tontería, a mi te aseguro que no.

Tal vez estés cansado para escuchar historias en serie, historias tristes de personas solitarias. Perdona si te amargo esta tarde del sábado. Necesito hablar, decirle a alguien lo que me pasa y que él haga de espejo de mis dudas y de mis ansias. ¿Te importa?

Esta es la hora de la siesta, cuando la mayor parte de la gente reposa en su sofá para  permitirse una cabezada. Quiero sacar las ideas que me hacen daño y me golpean.

Estoy contigo en lo importante que es verbalizar lo que nos duele, ventilarlo. Eso es lo que necesito: que entre aire fresco a mi cabeza,
Acepto tu invitación. Voy a dejar que el aire limpio de la montaña me limpie por dentro. Te doy permiso para que sacudas mis zozobras. ¿Te importa que abra la ventana?..

Ya estoy otra vez. Verás, tengo 46 años, estoy separada y divorciada desde hace más de seis . Mi compañía es mi hija y mi madre, que vive independiente.

Me encuentro confundida. Enrabietada. Triste. Hace un año por estas fechas conocí un hombre que me cautivó. Me sedujo y me dejé seducir como una chiquilla chimeriza que aún no ha roto su..... No es una exageración. Así fue.  Me llegué a enamorar de su voz, de sus detalles y de su cuerpo. Hoy se ha convertido en una obsesión que no puedo –  a veces no sé si quiero - quitarme de la cabeza...

Es un tipo que encandila, que te envuelve en un ambiente mágico al que no puedes ni deseas dejar de acudir. Te despierta cada mañana con palabras en tu móvil que te parecen embelesadas.”Cada día amanezco suspirando por ti”. “Estoy en tu almohada descansando cada noche”. “Eres la mujer más bonita del mundo”.”Tu cuerpo es una finca inmensa de frutas tropicales..”. Y otras zalamerías así. Puede parecer cursi, pero a mi me dan fuerzas para levantarme y empezar un nuevo día. ¿A ti te gusta que te digan estas cosas?
Ya, lo entiendo.. A mi me aportan paz y sosiego para adentrarme en el sueño de cada noche. Porque me hace sentir alguien especial.
¿Tú sabes lo que es eso?. ¿Qué alguien te susurre que eres un perfume embriagador?.

Nunca me había topado con un hombre así. Un Don Juan. Sus flores y sus regalos iluminan mi vida, aunque su voz me está vedada, sólo  para cuando él quiere. Si le llamas no te contesta. Si me llama me tiene pronta, segura ,cierta.

Este mismo fin de semana he estado esperando su cita y su cita no ha llegado. Estará ocupado. Me entran ganas de mandarle un mensaje: “Que disfrutes y pases un día agradable con..”.
¡ No y no!. Estoy aquí. Hablando contigo. A la mier..

Necesito oírme que soy una tonta, una mujer estúpida, que está jugando con su vida como si fuera una adolescente, una niña encantada con un Príncipe azul que sabe que es mentira, que es un mezquino.

Eso es lo que es este hombre. Una mentira continua. Mentira cuando en nuestra primera cita en Toledo estaba ansioso por comprar el periódico y saber que tiempo hacía en Santiago, para responder a su última conquista: “Oye, mira, estoy en la plaza del Obradoiro; llueve a cántaros y el día no me va a permitir ni un paseo por la ciudad; ¡cómo me gustaría que estuvieses aquí!..”. Sin embargo, no estaba en la capital gallega, el día pintaba un azul intenso y con su boca no pisaba otras calles que mis labios desconcertados.

Al principio pensé que sería una broma, un juego sin importancia.
La primera vez que compartimos la alcoba nos despertó la música dulzona de su móvil. “Disculpa, ahora no puedo hablar, no debo de tener cobertura, estoy cruzando un túnel...”. El túnel no era otro que aquel que conducía hacia mis adentros. Sentí desasosiego y mi cuerpo se quiso cerrar para él sin cerrase. “Mira, yo soy un hombre que necesita varias...”. Mis oídos dieron un portazo, no querían oír tan miserable declaración.

No sé que pensarás, pero su confesión forzada se me fue metiendo dentro y cuando me quedaba sola me hacía daño, se me clavaba en los riñones como una espina imposible de sacar. Sus gestos cotidianos me ayudaban a sobrellevar sus engaños. A prolongar mi ceguera.

Con el tiempo me he dado cuenta de que los mentirosos tienen un serio problema: los demás tenemos memoria. Recordamos sus contradicciones y nos acostamos con sus mentiras.

Soy una mujer fiel, deseosa de fidelidad. Busco un amor que sea entero y un hombre que tenga verdad en sus ojos y en sus manos. No soy una mojigata, te lo aseguro, pero tampoco una concubina de su harén.

El amor ha tejido en mi una tela de araña de afectos, necesidades y mensajes de los que no consigue liberarme. Siento que me estoy destruyendo, anulando , que quiero otra cosa y que tengo derecho a otra cosa. Cuando creo que voy a romper y decir ¡basta!, oigo su voz melodiosa, envenenada, manipuladora, que me reclama y yo vuelvo a caer en la red de sus brazos , escuchando sus palabras narcotizantes: “¡Eres mi dorado, mi dorado...!”. ¡Maldita sea!. A partir de ahí, no soy nada, una muñeca de trapo que se deja y se deja manosear, mientras él me rodea con sus torcidas delicadezas.

Quiero salir de este laberinto. Jamás pensé que el amor podría ser tan ciego y tan destructor. Me dices que en mi está la respuesta, aunque yo me vea como un jeroglífico de dudas, una pirámide sorteada por pasillos oscuros y salas funerarias. Esto que siento me está haciendo daño, está minando mi autoestima y me está reduciendo a una marioneta vestida de colores.

Contéstame sólo a esto: ¿Cómo se desanda el camino del amor?.¿Cómo se vuelve a tener las riendas de la vida?....
Ya, te entiendo. Para ti sería fácil despejar esa incógnita, pero tengo que ser yo la que dé a luz mi propia verdad, mi propia luz.
Oye.., me gusta eso de dar a luz desde mi propio cuerpo. Yo he sido madre y es doloroso. Parece que te abres a la mitad, como si te partieras en dos. Así parí yo. Es duro ese parto necesario al que me invitas. ¿Tú qué eres,  la comadrona?....
¡Ay, ay....!. No sé si seré capaz.

Parece que quiere asomar la cabecita.... ¡Qué dolor!. Creo que me cuesta  tanto porque me da miedo la soledad, volver a los días fríos, sin compañía, los días de rutina y telenovelas. Me desangro. Corta si quieres, si tiene que ser....

Permíteme una cita de Nietzzsche que refleja lo que estoy viviendo: “Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti”....

Me gusta eso que me sugieres. Tal vez me venga bien ensayar la despedida, prepararme para una ruptura que necesito para volver a ser yo misma y tener el control de mi propia película. ¿Por qué la vida es una película, verdad?. Voy a ensayar de actriz, como me sugieres:

“Oye,  he estado pensado y no quiero verte más; no soporto ser una más de tu colección y seguir escuchando tus comedias; nada, que rompas mi móvil y te olvides de donde vivo...”. Temo su mirada. Su boca. Sus caricias. Temo mi miedo. Mi aislamiento. ¡Ah...!

No, no le voy a llamar para despedirme. Prefiero escribirle una carta clara y concisa o mejor aún no contestar a sus llamadas, no presentarme a sus encuentros. Justo, el silencio es mi fuerte. Será mi respuesta. Se adapta mejor a mi forma de ser y de encarar los problemas. El silencio duro que no tiene vuelta atrás. El silencio que es el mayor desprecio... Gracias por invitarme a que me apoye en mis fortalezas....

Cómo agradezco estos espacios sin voz....
Que me hayas permitido permanecer callada durante varios momentos y  no hayas roto ese recóndito misterio que yo siento como “sonoro”,que diría Juan de Yepes. Tan rico, tan luminoso como todas las palabras juntas.
¿Te has dado cuenta que los dos estábamos a gusto silentes?.
Yo sabía que tú estabas ahí y yo tan sólo escuchaba mi respiración rítmica, pausada, jugosa. ¡Qué profundidad de comunicación!...
Gracias por no hablar, por no haberme pedido más palabras que las justas, aquellas que yo necesitaba verbalizar. Por no tener prisa y el reloj ya se ha descolocado más de una hora. ¡Qué tranquilidad me has dado!. Estoy como con fuerzas. Con el depósito lleno de coraje y de decisión........ Soy una mujer que parece nueva. Gracias a...

Me viene bien eso que me dices, cuando su imagen se pose en mi cabeza la sustituiré por otra imagen más bonita y cuando su pensamiento y sus frases bonitas me obsesionen las cambiaré por otras más poderosas. Un clavo con otro clavo se saca. Yo seré ese otro clavo, mi persona, mi rostro, mi palabra, mi voz, mi corazón.

Agradezco que me recuerdes que será necesario un tiempo, que el adiós necesita al menos un par de estaciones y que mi corazón en los días de lluvia o de niebla sentirá anhelos y nostalgias. ¡Hasta que  se seque mi sentir engañado, mi amor  envilecido!. Un día mientras me pinte los labios sentiré que ya no le quiero y por eso ya no le necesito.

¿Cuándo puedo volver a escuchar tu voz?. ¿Que no va a ser posible...!?.

Me cuesta aceptar que este ha sido nuestro primer y último encuentro. Voy a necesitar ayuda, si me dijeras cuando vuelves a turnar... Ya, lo comprendo, la telaraña, el enredo, el laberinto, la dependencia... Me vendría clarificador contarte cómo estoy viviendo el proceso dentro de unos días. ¡Me ha hecho tanto bien.!. Sí, tienes razón, me colgaría de.., sí, de cualquiera que me escuchase como tú lo has hecho y perdería la oportunidad de ser libre, de ser yo.

Claro, ahora lo entiendo, no sin malestar, que el amor que es verdad, no  encadena ni engaña. Nos hace inmensos, infinitos, peregrinos...

¡Oye, que.. muchas gracias!. No te preocupes por este llanto, es de emoción..

VALENTÍN TURRADO
(Voluntario del Teléfono de la Esperanza)